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Durante muchos años me ha gustado escribir. Empecé a hacerlo con 5 años, en lo que antes llamábamos preescolar. Recuerdo que la monjita pidió un voluntario para salir a la pizarra y mostré la iniciativa que he perdido con el tiempo. Me pidió que escribiera una ele y una a y que dijera que ponía. “la” por supuesto. Me dijo que volviera a poner lo mismo, pero con otra a delante y dijera en alto el resultado. “ala”, dije. Realmente no tuvo mérito. La tarde anterior mi padre me había enseñado en casa el mismo ejemplo, así que fue sencillo. Antes de sentarme miré la pizarra: “la ala”. Aquello no me gustó, así que me acerqué, use el puño de mi babi a modo de borrador y añadí una letra: “el ala”. Eso estaba mucho mejor. Lo miré satisfecho unos segundos y volví feliz a mi pupitre.

A partir de entonces empece a combinar más y más letras, revolviendo palabras, creando frases, agrupándo párrafos y construyendo historias. Disfrutando al sentir deslizarse el bolígrafo sobre el papel, al impactar las yemas de los dedos en la máquina de escribir y al acariciar el teclado del ordenador. La mayoría de las cosas que escribí, no fueron más alla de mis ojos y apenas compartí nada con nadie, por vergüenza a las opiniones de los demás y por miedo a descubrir que lo que escribía no mereciese ir más allá de la basura. Casi todas las cosas desaparecieron, y ahora lamento no conservarlas y volver a releerlas con el paso de los años.

El tiempo, las obligaciones, la pereza y un sinfín de cosas, disolvieron lentamente mi ilusión infantil de ser escritor, o cuando menos de escribir.

De mi padre, aparte de la combinación de dos letras, aprendí muchas cosas. Una de las más importantes es que solo es imposible cuando dejas de intentarlo. Por eso decidí un día apuntarme a un taller de escritura, a través del cual me enteré de un concurso y mandé un relato. Cuando me llamaron para decirme que mi relato había resultado finalista, sentí una alegría inmensa. El que un jurado desconocido decidiera que mi relato les gustaba, supuso un apoyo a la autoestima y el romper la barrera del miedo a la crítica.

Ahora, entre unas cosas y otras, las experiencias y la edad me han hecho perder la vergüenza, y no quiero dejar desaparecer más relatos que un día puedan leer mis hijos o mis nietos. Por eso he decidio empezar este blog, para ir guardando y compartiendo los relatos que aún conservo y los nuevos que escriba.

Y porque solo será imposible si dejo de intentarlo.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. maria dice:

    Un saludo muy cordial, estoy leyendo alguno de tus relatos. Me gustan mucho, tienes frescura, y un dominio del tiempo. Se nota que te gusta escribir, que disfrutas mucho haciéndolo.
    Ahí te dejo mi blog, como tú, una enamorada de este “ofico”, comparto contigo el placer de dejar lo que escribo al correr de los vientos internautas.
    Un abrazo y sigue escribieno
    María J.Toca

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  2. Marcel Socías dice:

    Un abrazo desde Santiago de Chile, donde también recordamos como aquellos amores de infancia -el primero- ese hermoso gesto que significó abrazar con los dedos un lápiz que de pronto comenzó a dibujar mundos posibles y hasta imposibles… desde entonces y hasta hoy… desde entonces y hasta siempre.

    Marcel Socías Montofré

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