El analista

Muy buenas, señoras y señores. Mi nombre es Segismundo Parrita Marmolejo de la Cruz y Dos Castillas. Por supuesto que es un nombre falso, nadie con un nombre así reconocería jamás llamarse de esa manera, pero he de mantener mi identidad en el anonimato, sobre todo para proteger a mis amigos y allegados de la vergüenza que les provocaría si se difundiese la actividad que ejerzo para ganarme la vida. Sí, lo han adivinado, soy analista de riesgos.

Si me decido a confesar esto al fin es por liberar de una vez el estrés que me provoca mi profesión. Vivo condenado al anonimato laboral por aquello del que dirán. En mi familia, por parte de mi padre dije que era un banquero corrupto, y por parte de mi madre creen que soy un proxeneta. Mis vecinos creen que soy un político, mientras que a mis amigos les dije que vendía drogas en los colegios. Es duro mentirles, pero no creo que soportaran la verdad.

Si por fin he roto mi silencio se debe a que esta noche de nuevo he vuelto a despertarme exaltado y empapado en sudor, aunque esta vez la causa no era el sueño que se me había repetido últimamente en el que me ahogaba en la playa y una de las vigilantes me rescataba y me hacía la respiración artificial. Afortunadamente había conseguido el título de socorrista acostándose con el instructor y no tenía ni idea de primeros auxilios, y no se por qué razón pensaba que para meter aire en los pulmones de una persona el sistema era el mismo que para inflar un flotador, soplando por el pitorrito, pero justo cuando sus labios carnosos estaban a punto de insuflar aire, despertaba en un estado que podrán comprender. Sin embargo esta vez la causa de mi excitación había sido la peor pesadilla que he tenido en mi corta pero aburrida vida y que ahora me dispongo a relatarles. Por favor si son personas sensibles absténganse de continuar, porque podría provocarles secuelas psicológicas para toda la vida, o incluso para más tiempo.

Mi sueño se iniciaba en la consulta del médico. Yo estaba sentado en la camilla con uno de esos camisones abiertos por la espalda, que tan inseguro te hacen sentir. El doctor entraba en la sala con cara de funeral.

– Doctor, dígame lo que tengo, libéreme de esta tensión.- pregunté impaciente.

– No va a ser fácil Segismundo, no va a ser fácil. La vida es dura.

– No me torture más doctor, a pesar de mi apariencia débil y frágil, por la cual sufro a menudo  bromas del tipo “que nadie respire, que ha entrado Segismundo y lo mismo se vuela”, he desarrollado una fortaleza interior impenetrable.

– Está bien. Lo siento, pero los análisis no dejan lugar a dudas. Tienes los fondos propios negativos.

– Dios mío, no me diga eso – dije gimoteando – y eso ¿es grave?.

– Chungo, Segismundo, chungo.

Después de la trágica noticia decidí vivir cada segundo del resto de mi vida sin pensar en las consecuencias, así que me duché, me puse gayumbos limpios, saqué mis mejores pantalones y mi mejor camisa, vacié el bote de colonia que me regaló mi último ligue y salí dispuesto a comerme el mundo. Tuve bastante suerte. En el primer garito en que entré no tuve problemas para entablar una amena conversación con una chica de la barra. Sin apenas darme cuenta estábamos en mi coche, oyendo el sonido de mi campanilla al ser tocada por su lengua. Aquello cada vez estaba más caliente. Ya estaba todo preparado, las partes de nuestros cuerpos que necesitaban estar desnudas, ya habían sido desnudadas y las que necesitaban protegerse, ya habían sido protegidas. Tan solo quedaba separar suavemente sus piernas y todo quedaría en manos de la puntería. De repente ella dijo:

– Ejem, no te lo había comentado, pero la comisión de apertura es del 3%.

– Pero, cómo, ¿de qué estas hablando?. Pero tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú. Ni hablar, no estoy dispuesto a consentir ni una décima más del 0,5%.

– ¡Ja!, el 0,5%, pues me voy.

Sorprendido y perplejo no tuve más remedio que ir a un bar y ahogar mis penas en alcohol. Mientras oía el tintineo de los hielos al mover el vaso con mis manos, me fijé en el televisor encendido. Mientras la cámara se movía de habitación en habitación la voz del
locutor informaba:

– De nuevo, una mano asesina ha vuelto a teñir de sangre y terror nuestra habitualmente tranquila ciudad. Esta vez la víctima ha sido Filiberto Wenceslao Teandao, sin que se tengan indicios de cuál puede ser el móvil.

Me estremecí, habían matado a Fili, con lo que el valía.

– La policía investiga entorno al significado de estas extrañas pintadas dejadas por el asesino en la alcoba de la víctima.

La cámara enfocó la pared, donde, escrito con sangre, el asesino había repetido una y otra vez, hasta cubrirla totalmente dos palabras: Quiebra técnica. Aquello me revolvió el estómago y sentí una necesidad imperiosa de ir al baño. Apurado pregunté al camarero:

– Por favor, ¿el servicio?

– Huy, pues me va a usted a perdonar, pero aquí es que el servicio es técnico y lo hemos devuelto a la central.

Mi sueño aquí se nubla y mi siguiente recuerdo es en la oficina, al día siguiente del asesinato, con el comprensible dolor y consternación. Automáticamente levanté el auricular del teléfono:

– Tiene un mensaje nuevo.

Lo escuché:

– Mira el fax, porfax.

Corrí hacia a él y torpemente cogí la hoja que terminaba de expulsar. La leí y tuve que sentarme para no caer por el temblor de mis piernas:

AYUDA
A LAS PYMES, AYUDA A LAS PYMES

SEGISMUNDO, EL PROXIMO ERES TU

Disimulé como pude y continué el trabajo como si nada. A las diez de la mañana un hombre extraño, con una gabardina y gafas oscuras entró y me dijo:

– Yo venía a por esto de las PYMES, para que me informaran.

Le hice pasar a la sala contigua, mientras le observaba. Había algo en el que me recordaba a alguien, pero no sabía a quién. Avisé a mi compañera Angustias para que le atendiera. Al cuarto de hora ella salió con una mirada de compasión que parecía pedirme ayuda, mientras se acercaba a la fotocopiadora. Seguramente sería algún pesado y yo sabía como deshacerme de él. Esperé a que volviera a entrar y aguardé un par de minutos. Abrí la puerta:

– Perdón. Disculpa Angus, chata,  tenemos un problemilla con la fotocopiadora y necesitamos a la reina del tóner, ya sigo yo atendiendo a este señor tan simpático. Ella me miró con una mirada de agradecimiento que parecía decirme “Lo que quieras”. Me senté y quedé frente a frente con aquel individu,  que esbozaba una sonrisa que hizo que un escalofrío recorriera mi espalda.

– Bueno, sígame contando.

Mientras me hablaba apenas le hice caso. No paraba de observarle. Detrás de las gafas oscuras se escondía un rostro que me era conocido, pero no conseguía recordar quien era. Recorrí con mis ojos su rostro centímetro a centímetro, me adentré por las calvas de su pelo hasta que divisé un manchón negro. Parecía un tatuaje. Me concentré hasta que pude leerlo nítidamente. Perdí la respiración: MIBOR + 0,5

¡Dios mío, el número de la bestia!

Ahora ya encajé aquel rostro en mis recuerdos. En cuanto me volvió la respiración, salí de allí disimulando:

– Perdóneme un momento, voy a por una declaración de bienes.

Salí y me apoyé contra la pared. Miré a Angustias.

– Es él, es él – dije jadeante y tembloroso – es la bestia, es el asesino.

Mis compañeros palidecieron, uno de ellos descolgó el teléfono para llamar a la policía, pero no podíamos esperar, había que actuar con rapidez. Abrí mi cajón y saque algo distinto de a por lo que dije que iba. Respiré hondo y entré.

– Aquí estoy otra vez. Sígame usted contando, me decía que no hacemos más de que pedi y de que pedi, señor…, perdone, ¿su nombre era?

Vaciló:

– José García Pérez.

– Es curioso, hubiera jurado que era usted Paquito Mate Colorao, una operación que denegé, de una empresa que se dedicaba al servicio a domicilio de vigas de hormigón.

Encolerizó. Sus gafas volaron y de su gabardina salió una escopeta de cañones recortados, asida firmemente por sus manos.

– Sí, soy Paquito, y ahora vas a pagar por lo que me hiciste, prepárate a morir.

– Ja, que te crees tu eso. Aquí tengo tu hoja de denegación. Estás en quiebra técnica, la cantidad que pides es desproporcionada en relación al proyecto de inversión, tienes un RAI que de imprimirlo se acabaría con todos los árboles del Amazonas….

         – No, basta, cállate – gritaba mientras se retorcía.

-… tienes un cash-flow negativo, con pérdidas repetitivas durante la última década, y por si fuera poco no te comprometes, capullo.

Y lleno de rabia, llevé mis manos a mi cuello, arrancando con fuerza de un tirón mi corbata y los botones de mi camisa, dejando al descubierto el tatuaje grabado en mi pecho.

S.T.

Al verlo sus ojos, estalló en miles de pedazos esparciéndose sus cenizas por toda la oficina.

Más tarde, al anochecer, en mi casa apareció Angustias, con un abrigo que no dejaba adivinar si llevaba algo debajo o no, dispuesta a devolverme el favor y hacer lo que quisiera.  Y cuando empezaba a dejar caer su abrigo, dejando al descubierto sus hombros desnudos, me desperté.

Podrán ahora comprender mi angustia, mi estrés y me desesperación, porque desde que soy analista, no he podido mantener ni una relación sexual normal con una mujer, ni en sueños.

J.M.M

19/4/98

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Jorge Moreno dice:

    Este es un relato muy sectorial. Lo escribí cuando trabajaba en una empresa, y creo que resultará complicado verle la gracia, a menos que trabajaras allí en aquella época, e incluso si trabajabas fuera de un departamento en concreto. Si lo he incluido es porque cada vez que lo leo me sosrprendo a mi mismo viendo que me sigue haciendo mucha gracia. Además como tampoco se si este blog tendrá un público mayor que yo mismo, lo incluyo, que no cuesta nada.

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