La cita perfecta

Alejandro Sanz ha destrozado mi vida. Nunca ha sido mi cantante favorito, pero tampoco le denostaba. Digamos que me gustaban muchas de sus canciones y más de una vez he tarareado inconscientemente “Tiritas para un corazón partío”, “Amiga mía” y muchas otras. Pero todo cambió anoche. Ahora le odio.

Ayer parecía que iba a ser un día perfecto. Lucas, el chico nuevo de la oficina, me había invitado a cenar a su casa. Pude sentir las miradas de odio y celos de mis compañeras mientras lo hacía. Al principio me sorprendió que fuese tan directo. Quizá me hubiera gustado más empezar por el cine, una charla en un restaurante y si surgía, terminar en mi casa. Después pensé que con ese cuerpo y esa cara seguro que surgiría y mi excesivamente largo periodo de abstinencia involuntaria no merecía prolongarse por más tiempo.

Me citó a las nueve y me presenté con la necesaria impuntualidad de veinte minutos. No quise dejar nada al azar, así que fui con toda la artillería: tacones, minifalda y wonderbra. Cuando me recibió, entreabrió por un instante sus labios carnosos, confirmando lo acertado de mi elección.  Surgió una nubecilla en mi mente en la que estaba su atlético metro noventa, coronado por sus varoniles facciones, que me hizo estremecer ante la noche que me esperaba.

Enseguida me ofreció una copa de vino y puso música. “Si tú me miras” de Alejandro Sanz. Qué tierno, pensé. Recorrí con la mirada su loft, pequeño y decorado con mucho estilo, hasta ver la cama en la que esperaba pasar la noche. El Lucas de mi nube cada vez aparecía con menos ropa. Empezamos a charlar y me sorprendió descubrir que era un chico muy agradable, sensible, con una conversación muy amena y muy culto. Si fuese posible que  los conceptos “hombre” y “perfecto” fuesen compatibles, acababan de hacerse carne ante mí. Por un momento me arrepentí de haberme presentado tan insinuante, y valoré pasar a una estrategia más recatada. Podía tener delante al padre de mis hijos. La visión de su espalda y su trasero mientras se dirigía a la cocina para servir la cena, liberó mi lado masculino, alejando de mi mente cualquier deseo que no fuese el de un placer inmediato.

Miré el reloj. Habían pasado dos horas en un suspiro. Empecé a notar un creciente dolor de cabeza, que en un principio achaqué al vino. La música cesó un momento mientras saltaba a un nuevo cd. Otra vez con nosotros el señor Sanz, y su tono de voz, que a cada sílaba parecía martillear mi sien. Alcé la voz y dije : “Lucas, ¿ponemos otra cosa?, ¿dónde tienes los cds?” Un estrépito llegó desdela cocina. Fui corriendo. Un vaso de cristal hecho añicos se dispersaba por el suelo de la cocina. “¿Estás bien?”. “Sí soy un poco torpe, enseguida voy”.

Lucas regresó sonriente, con una bandeja de entrantes de su propio repertorio. Croquetitas de queso, langosta al foie y brochetas de mozarella y tomatitos cherry al eneldo. Empecé a comer. A cada bocado mi nube iba sufriendo cambios hasta visionar a un Lucas que había sustituido su desnudez por un chaqué. Cuando saboreé el plato principal, medallones de solomillo reducidos al Pedro Ximénez, en la nube entré yo vestida de novia, una iglesia, el coro y las flores, y tras la milhoja de trufa del postre, entraron el cura y trescientos invitados. Con el último bocado pensé que no sería necesario llegar hasta la cama.

Seguimos hablando, y escuchando a Alejandro Sanz. Ya era la una de la madrugada, pero Lucas no parecía lanzarse. La canción que estaba sonando terminó e ingenuamente esperé que la nueva supusiera un cambio de autor. No fue así: “Los dos cogidos de la mano”. Decidí tomar por aliado a Alejandro Sanz y acaricié la mano de Lucas. Le miré fijamente a los ojos (en mi nube mi madre lloraba mientras yo decía: Sí, quiero) y le besé. El me respondió con pasión, acariciando mi nuca, abrazándome y llevándome en brazos hasta su cama. ¡Por fin! Separó sus labios de los míos y me susurró: “Tan sólo un segundo, en seguida vuelvo”. Recé porque fuera a silenciar la música, pero entró en el baño. Aquello era casi perfecto, tan solo estaba Sanz poniendo la nota discordante. Pensé en ir a apagarlo yo misma, pero temí  que volviera y me pillara en el proceso. Así que use otra táctica. Empecé a tararear en mi mente la música de Sexo en Nueva York. No pegaba mucho con la escena de la iglesia de mi nube pero me distanció del acompañamiento musical que me trastornaba. Lucas tardaba y empecé a preocuparme. Me levanté y fui hacia el servicio. Según me acercaba oí su voz canturreando en susurros. La puerta estaba entreabierta y no pude resistirme a mirar. Ahogué un grito. Allí estaba Lucas de espaladas a la puerta de rodillas y desnudo, con una foto de Alejandro Sanz entre sus manos mientras canturreaba: “… que es la fuerza del corazón. Y es la fuerza que te lleva, que te empuja y que te llena que te arrastra y que te acerca a Dios. Es un sentimiento casi una obsesión si la fuerza es del corazón…”. En mi nube la iglesia voló por los aires y todo se cubrió de humo. Giré horrorizada, dispuesta a salir corriendo, al mismo tiempo que Lucas se levantaba y se daba la vuelta. La visión del calibre de su miembro viril coincidió con el humo despejándose de mi nube, en dónde surgieron mis compañeras de trabajo y sus gestos de envidia mientras les describía mi encuentro con Lucas. Me serené, respiré y recordé a lo que había ido allí aquella noche. Me lancé sobre él y empezamos a hacer el amor salvajemente. Aquel hombre era un dios. Tarado, pero un dios. El placer parecía no tener fin, hasta que sentí que el momento culminante estaba cercano. “Lucas, Lucas” empecé a jadear. El respondió jadeante “Alejandro, Alejandro”. “No, no, Alejandra, me llamo Alejandra, con a” le supliqué mientras sentía esfumarse cualquier placer y cualquier esperanza. “Alejandro, Alejandro” siguió gritando él, cada vez con más fuerza hasta llegar al éxtasis. Un grito ahogado salió de mi boca, a la vez que en mi nube aparecía el diván de mi siquiatra.

Cómo odio a Alejandro Sanz.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Mª Cruz dice:

    ¡Que bueno ¡ me ha gustado

    Me gusta

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