El viaje

Por primera vez en diez veranos, el viaje hacia Gandía transcurría plácidamente. Mi hijo y mi suegra dormían en el asiento trasero y mi mujer se entretenía con los mensajes del móvil. Estaba tan relajado, que no me percaté de la poca gasolina que me quedaba hasta que saltó el testigo de la reserva. Avergonzado por el despiste y temiendo la reprimenda del pasaje, disimulé, diciendo que pararía a hacer un descanso en el primer pueblo que encontrásemos.

Así es como cincuenta kilómetros después entramos en San Tuiter de Arriba. Para no perder  tiempo ni gasolina, pregunté a un paisano que se protegía del sol con un pañuelo enroscado por las puntas, junto a una motocicleta y un cesto lleno de melones. Tras intentar  venderme dos melones por un euro, me indicó que la gasolinera estaba en San Tuiter de Abajo a tres kilómetros de allí, que ellos se habían quedado con la piscina y el frontón, después de la división del pueblo tras el incidente del adsl. No quise saber más y arranqué rápidamente, sin escuchar sus explicaciones sobre la ruta a seguir, lo cual luego lamenté. Apenas había recorrido doscientos metros cuando ante mi coche irrumpieron cientos de personas. Pregunté qué pasaba. “El Cristo de los faroles”, me respondió secamente una mujer muy arreglada y que parecía indignada por mi desconocimiento. Di marcha atrás, pero frené en seco al cruzarse otra riada de gente. Bajé del coche e interrogué a un muchacho. “La virgen de las cuevas”. Atrapado entre la luz y las tinieblas. Maltratada mi suerte por la beatería, entré en el coche con la fe perdida. Miré la aguja de la gasolina con desesperación. Noté como mi mujer me clavaba la mirada, y de reojo vi como mi suegra y mi hijo se despertaban. Me invadió el pánico e hice sonar el claxon desaforadamente. Miles de feligreses se volvieron hacia mí con ira en sus ojos y dispuestos a hacer cualquier cosa en nombre de Dios, ante tal falta de respeto. Paré y me hundí en el asiento,  escuchando como el motor se ahogaba tras consumir la última gota de gasolina.

Dos horas y cinco saetas más tarde, la multitud empezó a disolverse e intenté que alguien me ayudara a llegar a la gasolinera, recibiendo el rechazo de los ultrajados feligreses por mi actitud anterior. Finalmente caminé hasta la entrada del pueblo, dónde convencí al vendedor de melones para que me acercara en su motocicleta a la gasolinera de San Tuiter de Abajo.

Al anochecer, llegué al ansiado apartamento de Gandía, con mi mujer, mi hijo, mi suegra y un cesto lleno de melones.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. MªCruz dice:

    Es muy real, como la vida misma. Besos

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  2. manolivf dice:

    jaja, es buenísimo Jorge. San Tuiter de arriba…habrá que tomar nota. 🙂

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