La felicidad verdadera

   Dos días atrás yo era feliz. Tremendamente feliz. Lo tenía todo: un negocio excelente, poco trabajo y muchos beneficios; coches excelentes, tres en concreto, un Ferrari, un Lamborghini y un Maserati; casas excelentes, cinco, una en Madrid, otra en la sierra, la de Marbella, la de la Costa Brava y la de Niza;  dos hijos excelentes, un chico y una chica; excelentes amantes, dos, una rubia de pechos grandes y una morena de pechos grandes (hay determinadas cosas de las que no me importa repetir); incluso el amante de mi mujer es realmente excelente.  Podría decirse que “Excelente” debería ser mi segundo apellido. O quizá el primero.

   Pero hace dos días todo cambió. Paseando por Gran Vía, ensimismado en mis pensamientos de felicidad opulenta, llegó a mis oídos un soniquete hermoso. Una dulce voz entonaba una melodía, que transmitía paz y serenidad. Me detuve y busqué su procedencia. Junto a la pared de un edificio una chica joven, apenas veinte años, morena, con cara angelical y con gafas de sol, era la ninfa que creaba tan hermosa melodía. Me acerqué a ella a una distancia prudencial. Tenía una ristra de cupones y un perro guía a sus pies. Estuve un largo rato escuchándola, mirándola, mientras ella enlazaba una melodía  con otra, a cada cual más hermosa, interrumpiéndola a menudo un gracias armonioso, cada vez que vendía un cupón.

   No sé cuántas horas estuve, pero fueron varias, absorto, deleitándome, hasta que un policía se me acercó:

   -¿Algún problema caballero?

Me sentí turbado y avergonzado.

   -¿Eh? No, no… nada… solo quería comprar unos cupones.

   Me acerqué a la chica, y le di un billete de doscientos euros. Ella lo tocó y dijo:

   -No tengo cambio para billetes tan grandes, señor.

   Lo dijo, como si siguiese la misma melodía, el mismo tono maravilloso.

   -No te preocupes, dámelo todo en cupones.

   Elevó las cejas y sonrió.  Cogió varias tiras y me las dio. Cuando las cogí puso su otra mano sobre la mía y me dijo con su sinfónica voz:

   -Gracias señor.

   Guardé los cupones en el pantalón y me apresuré a alejarme de allí cuando noté que el policía se acercaba de nuevo.

   A partir de entonces me sentí vacío. Me faltaba algo, nada de lo que tenía me llenaba. Conduje el Lamborghini hasta la casa de la sierra, le hice el amor a mi amante morena, luego a la rubia, y luego a las dos a la vez, pero nada calmaba ese sentimiento de desasosiego en mi corazón.  Volví a mi casa, con mi familia y nuestras riquezas para recuperar la felicidad. Pero nada.

   No conseguí pegar ojo hasta que a las seis de la mañana se encendió una bombilla en mi desesperanza. Me levanté sorprendiendo a todos los habitantes de la casa, aunque el que realmente parecía más sorprendido fue el amante de mi mujer.

   Hice varias llamadas y fui caminando hasta mi empresa. Allí me esperaban el gerente y mi abogado. A este último le dije que redactara una escritura de cesión de bienes. El cincuenta y uno por ciento de mis empresas para mi gerente. El cuarenta y nueve por ciento y todos los demás bienes para mi mujer. Mi abogado me preguntó si estaba loco. Intentó disuadirme. Me pidió que recapacitara pero, me negué. Necesitaba hacer algo distinto, tenía que deshacerme de todo aquello que no me llenaba y que tan solo alimentaba ese vacío que entonces tenía. Mi abogado aceptó, pero me dijo que no era legal escriturar a mis amantes a nombre de mi esposa, además, dudaba de que pudiera sacar algún provecho de ellas. Yo accedí, no porque le creyese, sino porque conocía las miraditas que les solía echar y deduje que las quería para él. El gerente me abrazó. A la hora volvió mi abogado con todos los papeles. Los firmé, y empecé a vaciar mis bolsillos: cartera, móvil, llaves del coche. Saqué los cupones del día anterior y volví a meterlos en el bolsillo. Fui a abrazar al gerente, pero me frenó en seco:

   -Largo de mi empresa, cabrón –me soltó.

   Miré a mi abogado, sorprendido.

   -Más que cabrón, recabrón. Hasta nunca -me dijo el letrado.

   No me importó. Abandonadas todas mis posesiones notaba un nuevo atisbo de felicidad en mi ánimo. Salí de allí corriendo porque no parecían satisfechos con sus palabras. Me colé en el metro y fui hacia la Gran Vía. Según me acercaba a mi sirena y oía su voz, la felicidad volvía a llenarme. Me senté en un banco frente a ella, escuchándola, mirándola, disfrutando la dosis de hermosura recorriendo mis venas, devolviéndome la felicidad plena.

   Cuando llevaba un cuarto de hora de éxtasis, ella detuvo su canción, pero no la melodía, y dijo:

   -Señor, señor, ¿quiere cupones?

   Salté hacia ella, cogí sus manos y le dije:

   -No tengo dinero para cupones, pero te debo la vida, me has dado la verdadera felicidad.

   -¿Qué no tienes dinero?

   Esta vez su voz no fue melodiosa, fue más bien como un graznido. Me eché hacia atrás. Estaba aturdido:

   -¿Pero?, ¿tú?, ¿tu voz?, ¿pero cómo sabías que estaba ahí sentado?

   Ella me miró a través de sus gafas de sol.

   -Maldito gilipollas –me dijo la urraca.- ¡Policía, policía! Este hombre está diciendo cosas sucias a esta pobre ciega –dijo recuperando su voz celestial.

   Salí corriendo. Me sentí estúpido. Volví a mi casa e intenté entrar, pero no me abrían. Grité pero solo obtuve las miradas de desprecio de mis antiguos criados, de mi mujer y de mis hijos. Tan solo atisbé algo de compasión en los ojos del amante de mi mujer.

   Anochecía y la oscuridad traía tormenta. Una vez más en el día empecé a correr, cobijándome bajo un puente. Estaba demasiado aturdido por todo lo acontecido, así que no me di cuenta de que un mendigo se acercaba a mí, hasta que me tocó el hombro. Le miré asustado. Él extendió su mano, con la que sujetaba un periódico.

   -Toma, esta noche hará frío.

   -Gracias –le dije mientras lo cogía.

   Entonces me di cuenta de que además de mi mendigo había muchos más allí. Me apoyé contra la pared y me tapé con las hojas del periódico.

   De nuevo no pegué ojo. Esta mañana al salir el sol, el mismo mendigo se volvió a acercar, tendiéndome una botella:

   -Echa un trago amigo, te vendrá bien.

   En ese momento, recordé que ya no tenía nada material, que me había engañado la voz más hermosa del universo, pero me sentía pleno, feliz.

   Bebí. Era algo asqueroso. Recogí el periódico que quedó abierto por la hoja de los sorteos. 67539. Él número me sonaba. Me toqué el bolsillo y saqué apresurado los cupones. Coincidía. Miré la serie en el periódico: 137. La busqué entre mi colección de cupones. 134, 135, 136, 137.  Allí estaba, la tenía. Veinte millones de euros.

   He decidido cobrar el premio y volver a mi vida vacía e infeliz. Ya he comprobado que el dinero no da la felicidad, pero no me importa.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. gd49wordpress dice:

    Impresionante. Final inesperado, enganchas con tus finales, Jorge. Escribes muy bien.
    Biquiños,

    Tu fiel seguidora

    Me gusta

    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias por tu fidelidad

      Me gusta

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