Miradas

Miradas

Busco miradas. Miradas de ojos dulces, de ojos tiernos, de ojos amables. Son mi única esperanza. Encuentro una. Tengo que hacerlo. Es la única solución. Pero no puedo. Dejo escapar otra de nuevo.

La primera mirada la encontré hace cinco días, en el vagón del metro. Una chica joven, desaliñada, delgada, hermosa. Se disponía a bajar del vagón en la estación pero se paró. Miró a su alrededor, a los ojos de la gente. Nuestras miradas se cruzaron un segundo. Sus ojos eran hermosos, dulces, tiernos y amables, pero sobre todo eran ojos desesperados. Siguió con el escrutinio de los viajeros. Se acercaba a los más indeseables, el que no cedía el asiento a embarazadas, el maloliente, el que ocupaba varios asientos con los pies. Les
decía algo y todos la rechazaban. Llegábamos a la siguiente parada y el ritual se repetía. Renunciaba a salir y buscaba entre la gente.

El siguiente día volví a encontrarla. La misma ropa, más desaliñada, más delgada. De nuevo se detuvo al ir a bajar. De nuevo cruce de miradas. De nuevo búsqueda de viajeros y de nuevo rechazo. Siguiente estación y repetición del proceso.

El tercer día volví a verla en el mismo vagón. La misma ropa, más desaliñada, más delgada. En la primera estación fue a bajar y se paró. Me miró y esta vez sostuvo la mirada. Apenas restaba ya nada de dulzura, ternura y amabilidad en sus ojos. La desesperación las había desalojado casi por completo. Rompió a llorar. Me acerqué a ella.

– Ayúdame -susurró.

Nos sentamos juntos.

– ¿Qué puedo hacer por ti? -la interrogué.

– No me creerás, pero no puedo salir de este vagón. Llevo una semana intentándolo. Cada día, en cada estación. Pero no puedo. Algo me detiene. No logro atravesar las puertas. Por favor, ayúdame.

Lloró de nuevo. Pensé que estaba loca. Me dio lástima. El tren estaba entrando en la
siguiente estación.

– Ven.

La situé frente a la puerta. El tren paró. La sujeté por los hombros. Ella temblaba. La puerta se abrió. La empujé suavemente y noté resistencia. Apliqué toda mi fuerza y la arrojé al andén. Sonreí. Di un paso. No pude. Mis piernas parecían bloquearse ante una barrera invisible. Levanté la mirada. Miré a la chica. Sus ojos me devolvieron la mirada. Ya no eran dulces, ni tiernos, ni amables, ni mostraban desesperación. Ahora, a través de las lágrimas que de ellos brotaban, tan solo reflejaban culpa. Bajé la mirada a sus labios. Los
movió dibujando un “lo siento”, que se cortó por la puerta del vagón al cerrarse. En el cristal se reflejó mi mirada.

Tan sólo el pánico habitaba en mis ojos.

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Inmaculada Sánchez Fernández dice:

    ¡Pobre muchacho! que no, pobre muchacha.
    Suerte.

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  2. No, no lo conocía, pero me ha gustado esa incognita que te mantiene en suspenso, sobre todo cuando ella dice que no puede bajar por mucho que lo intente. Algo corto, quizá. Me hubiese gustado seguir leyendo. muy bueno Jorge.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Muchas gracias, María, me alegro de que te haya enganchado. Un beso.

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  3. Que puedo decir… yo hubiera estado dispuesta a ayudarla también y por lo tanto, estaría cautiva en aquel vagón. Sin abandonar tu manera tan peculiar de escribir, has dado un giro mas serio… me encanta!

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    1. Jorge Moreno dice:

      Muchas gracias de nuevo, Irma. Me alegro de que este otro estilo también te haya gustado.

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