La reunión

Veinte años son muchos años. Demasiados. Veinte años atrás, el último día de las vacaciones, los cuatro nos prometimos que seguiríamos juntos. Pero no lo hicimos. Nunca más volvimos a vernos. Hasta hoy.

Yo fui el primero en llegar a la cafetería donde habíamos quedado. Al rato llegó Jesús. Mi recuerdo de dos décadas atrás no habría sido suficiente para reconocerle. Su melena adolescente había dejado paso a su cuero cabelludo y unas gafas de diseño ocultaban sus ojos claros. Afortunadamente sus fotos de facebook me facilitaron la identificación. El fue quién organizó el reencuentro, el que nos buscó en la red, y el que nos convenció para volver a vernos. Cuando me llegó su invitación dudé. Una parte de mi se negaba, pero otra sentía curiosidad. Ganó la curiosidad.

El tercero fue Pablo. Apenas había cambiado. Entró riendo, como siempre, nos abrazó y bromeo. Hasta que llegó Marta. Marta. Los tres nos callamos y la contemplamos. Conservaba la actitud rebelde en su gesto y la picardía en su mirada. Seguía tan hermosa como veinte años atrás, el verano en que los tres nos enamoramos de ella. Nunca dejé de amarla y al verla de nuevo, mis sentimientos burbujeaban en mi interior.

– ¿Es qué ninguno va a dejar de mirarme las tetas y venir a abrazarme? -dijo ella sacándonos de nuestro ensimismamiento.

Tomamos algo y empezamos a hablar de nuestras vidas. Los tres habían triunfado. Jesús, ingeniero informático tenía una empresa de alta tecnología. Pablo lideraba su propio bufete de abogados y Marta era una brillante ingeniera aeronáutica. Cuando llegó mi turno les dije, que no había hecho nada fijo, unas veces aquí y otras allá.

– ¿Al final no estudiaste medicina? -me interrogó Marta.

– No. Bueno sí. Empecé pero no terminé -mentí-. Demasiada sangre para mí.

No insistieron. Era evidente por nuestro aspecto las diferencias que nos separaban. Pablo cambió de tema. Empezó a recordarnos aquel verano de hace veinte años en que nos conocimos en la playa, antes de empezar nuestras respectivas carreras en la universidad yLa reunión el mes que pasamos juntos riendo y disfrutando de nuestra juventud, viviendo con intensidad hasta el último día, en el que nos prometimos que tras el regreso de las vacaciones todo sería igual. Pero nada fue igual. Todo cambió esa noche. Al evocar ese último día, la reunión enmudeció, como si por la mente de todos pasaran las imágenes de la última noche, secando nuestras gargantas. Fue Jesús quien quebró el silencio.

– Hicimos lo correcto.

Los otros tres asentimos con la cabeza.

– Nunca se lo dijisteis a nadie, ¿verdad? -continuó Pablo.

– A nadie -confirmaron los demás y mentí yo.

– ¿Nunca…? -empezó Marta temblorosa- ¿Nunca os habéis arrepentido de lo que hicimos? -terminó mientras una lágrima escapaba de sus ojos.

– Ese cabrón te estaba violando -contestó Jesús.

– Fue lo correcto -apoyó Pablo.

– No, nunca -cerré yo.

Supimos que la reunión había terminado y que una vez más no cumpliríamos las promesas de seguir en contacto. Nos abrazamos y nos despedimos. Pablo me dijo que si algún día necesitaba trabajo le llamara. Le dije que sí y guardé con desgana su tarjeta. En el último instante Marta nos dijo:

– Gracias chicos. Si no hubierais hecho aquello, mi vida no hubiera sido la misma.

Y nos fuimos cada uno por un lado. Yo feliz, después de volver a ver a la mujer que había amado durante los último veinte años y que probablemente amaría veinte más. No les dije que aquella noche de verano, después de acompañar a Marta a su casa y de que ella me dijera que había mordido y arañado a su asaltante, no podía dormir pensando en que nos descubrirían y volví a donde dejamos su cuerpo sin vida y le apuñalé con su propia navaja en cada mordisco y en cada arañazo y llamé a la policía y confesé que le había matado mientras me defendía cuando intentó atracarme. Tampoco les conté que me condenaron por asesinato con ensañamiento y estuve quince años en la cárcel, en los que estuve estudiando y amando a Marta y que cuando salí no conseguí más que trabajos mal pagados. No les dije nada porque era feliz, porque sus vidas y, sobre todo, la de Marta no habían cambiado.

Y porque a veces, es bueno mentir.

Presentado a El relato del mes de octubre

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. gd49 dice:

    Como siempre, muy bello relato. Es lo que hacemos cuando amamos.
    Entregarnos sin pedir nada a cambio. Bueno, el amor de verdad.
    Bss

    Me gusta

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