El bañador rojo.

El bañador rojo
Erika Eleniak

Mi adolescencia estuvo marcada por la televisión. Por aquel entonces, yo era adicta a todas las series de la primera cadena. El coche fantástico, El equipo A, V y tantas otras, pero sobre todo, la serie que me marcó de verdad fue Los vigilantes de la playa. No me perdía un solo episodio. En aquellos años pensaba que mi vida no tendría sentido si no conseguía ser como una de sus protagonistas. No envidiaba ni sus cuerpos, ni sus rostros, ni su pelo, ni siquiera su capacidad para rescatar a personas que se ahogaban en una profundidad inferior a medio metro. No. Realmente lo que envidiaba era que todos los tíos macizos de la serie estaban locos por ellas. Los de la serie y todos mis compañeros de clase, hermanos, primos y vecinos.

Me confabulé en dedicar el resto de mi vida a conseguir un objetivo: sería socorrista. Aunque no fuera en Santa Mónica, estaba dispuesta a hacer todo lo necesario por enfundarme el bañador  rojo en la playa de Gandía.

No conté con el principal obstáculo para alcanzar mi meta: mi madre. No porque le pareciera mal el futuro que quería labrarme ni porque temiera que me acosaran los chicos, sino porque su excesivo proteccionismo impedía realizar mi sueño. Su obsesión diaria era mi alimentación, lo que me provocó un sobrepeso considerable. Su irrefrenable obsesión para que comiera, ante el peligro de la anorexia, me proporcionaba desayunos pesados y comidas eternas. Cuando intentaba hacer ejercicio para perder el lastre de mi cuerpo, se horrorizaba y me lo prohibía ante el riesgo inminente de un golpe de calor. Si intentaba meterme en el mar para empezar a practicar la técnica del rescate, siempre me alertaba que estaba haciendo la digestión y me daría un síncope. Y yo estaba en un estado de proceso digestivo perpetuo. Y si no, sus advertencias sobre medusas, erizos de mar y el peligro de los peces terminaban por disuadirme.  Las tardes las pasaba dando cuenta de sándwiches de nocilla, chocolate, chorizo y queso, por separado o todo junto.

Así transcurrió mi adolescencia, atormentada por si bajaba de los cien kilos y sufría una crisis anoréxica o si una ola despistada me salpicaba y moría por un corte de digestión o si metía los pies en la orilla y era devorada por un banco de chanquetes voraces.

Mientras, mi madre disfrutaba de mi seguridad, de sus baños en el mar para probar si el agua estaba a la temperatura adecuada para que yo me bañara y al salir siempre me decía “No, cariño, demasiado fría”, de su cuerpo delgado y perfecto, fruto de todos los sacrificios que hacía por mí: “cómetelo tú, princesa, que estás creciendo”. Y yo seguía expandiéndome. Ella solo comía las sobras y todo lo que no era bueno para mí. Llegó un momento en que pensé que aquella mujer se alimentaba tan solo de las tapas del pan de molde y de plátanos negros. ¿Hay alguien de mi generación que sepa a que saben las tapas del pan de molde? ¿Y los plátanos negros?

Los años pasaron y mi profesión soñada nunca llegó. Según me liberé de mi madre, mi dieta se normalizó y la actividad física entró en mi vida reduciendo mí perímetro. Me quedó el pánico hacia el agua. Incluso cuando me duchaba, a veces  lo hacía a toda prisa, apretando los dientes, con temor a caer fulminada. Estudié derecho. Me contrató un bufete muy importante y ganaba mucho dinero. Me casé. Un marido maravilloso, unos hijos estupendos y una casa enorme. Pero siempre tuve la sensación de ser una mujer incompleta.

El otro día cambiando de canal, en el treinta y cinco o el treinta y seis, no lo recuerdo bien, me topé con una reposición de Los vigilantes de la playa. Entonces lo vi. Tantos años engañándome no me habían dado la felicidad. Besé a mi marido y a mis hijos y cogí el coche. Conduje hasta Gandía. Me desnudé y corrí hacia el mar, con miedo, sin saber el resultado de aquella locura. Podía morir y probablemente fuese así. Pero tenía que hacerlo.

Ayer superé el curso de socorrista y hoy he disfrutado mientras ajustaba a mi piel el bañador rojo en mi primer día de trabajo. He arrojado al fuego todos mis miedos y he hecho todo lo que no hice en mi adolescencia por la influencia de mí madre. Soy una mujer nueva. Soy feliz.

Y por cierto, las tapas del pan de molde son una mierda.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Marta Fontan De La Vega dice:

    Jaja. Tan ocurrente como siempre.

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  2. estefania73 dice:

    Jajajajajajá!! Creía que lo estabas contando coo experiencia personal y el final me ha hecho reir a carcajadas!!!

    Le gusta a 1 persona

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