Temporada de alcachofa

Cuando terminé de plasmar mi rúbrica en la escritura de la hipoteca a treinta y cinco años, sufrí un momento de pánico. Treinta y cinco años.  Estaría pagando mi casa hasta después de jubilarme.

Me equivoqué. Cinco años después, cuando el valor de la casa era la mitad de lo que todavía le debía al banco, dejé de pagarla. Aunque antes fui yo el que había sido dejado: mi trabajo me dejó y con el la fuente de ingresos para mantener mi nivel de vida. Mi segunda mujer también me dejó y con ella sus tres hijos, con lo que pude sobrevivir varios meses más y mejoró mi dolor de cabeza, mientras estaba seguro que un nuevo trabajo no tardaría en llegar. Pero no llegaba. El BMW también me dejó. Mi BMW. Lo sentí más que la pérdida de mi mujer, pero el nuevo trabajo no llegaba y tenía que comer y no estaba dispuesto a rebajarme a hacer algo distinto a lo mío. Tarde o temprano volvería a tener un trabajo.

Pero volví a equivocarme. Tras entregar las llaves de mi ex piso al banco y de pagar los tres mil euros al abogado que me llevó el divorcio, me fui a la estación de autobuses, me rasqué el bolsillo y saqué un billete tan lejos como me lo permitió el presupuesto, encaminando mi vida a lo que consideraba mi única opción de supervivencia: la vida en el campo.

Cuando bajé del autocar lamenté haber vendido las botas de montaña al inicio de mi crisis para seguir pagando las cuotas del club de csmpo, y haber conservado por el contrario  aquellos zapatos de doscientos euros. Tampoco encontré sentido en aquel momento a haber mantenido como únicas piezas de mi vestuario la camisa de Dolce & Gabana y los pantalones de Armani. Las miradas de los lugareños me disuadieron de recoger mi único equipaje y fue así cómo no volví a ver mis palos de golf por nunca jamás.

Sufrí el rechazo de mis nuevos conciudadanos. Yo tan solo era uno más de la capital con unos aires de superioridad, que se fueron bajando a medida que el hambre llamaba a mi estómago y se despegaban las suelas de mis zapatos.

Al fin un lugareño se apiadó de mí y me permitió trabajar en sus tierras con el único salario del alimento que recogiera de la tierra. No era justo, lo sabía, pero tampoco lo era cuando nadaba en la abundancia y ganaba mucho más que lo que valía mi trabajo y entonces no me lo planteaba.

Ya han pasado dos años desde que llegué y me he ganado la amistad y el aprecio de mis vecinos. Uno de ellos me cedió un terreno que no explotaba a cambio de la mitad de la cosecha. La otra mitad me da de sobra para comer y para cambiarla por otras cosas que yo no produzco.

Me he integrado en la comunidad, incluso me pusieron un mote: “El charoles”, por los zapatos que estrenaron el suelo que ahora llamo mi tierra.

Ayer estuve en la capital, para acompañar a un vecino a recoger a su hijo al aeropuerto. Allí me encontré con mi antiguo jefe:

-Pero Pepe, ¿dónde te has metido?, llevo semanas buscándote. Nos ha salido una obra. No pagan tanto como antes, pero es una buena pasta. Cuento contigo para solar la semana que viene, ¿verdad?

-No, no va a poder ser.

-¿Cómo? Pero qué dices Pepe. ¿Estás trabajando para alguien?

-No.

-¿Entonces?

-La alcachofa. La alcachofa no espera  a nadie.

Y no le di más explicaciones. Y es que, aunque parezca extraño, a veces es complicado explicar que no se tienen razones para dejar de ser feliz.

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8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Orgav dice:

    Me ha encantado Jorge, he reconocido en tu historia a muchas personas y he respirado aliviada con la decisión del personaje. Es un relato perfecto. Cuando sea mayor quiero ser como tu… pero creo que voy tarde !!!! Jajaja Me encanta.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias Verónica. Que va, que va, no creo que vayas tarde, estás muy adelantada.

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  2. Oliva dice:

    La vida trae soluciones en la s que ni siquiera pensamos. Que buena suerte tiene el protagonista.
    Un relato muy optimista con la que nos esta cayendo. Me gusta mucho.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias Oliva, me alegro de que te haya gustado.

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  3. Me ha parecido muy buena la historia porque encierra un mensaje de contacto con la naturaleza y de amor al campo que comparto, aunque sea un urbanita. Conozco una zona rural de Navarra muy a fondo y estoy familiarizado con el campo. Creo que la agricultura es una de las dedicaciones más nobles.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Muchas gracias por tu comentario, Alberto.

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  4. artemisia dice:

    Puede que yo también me vaya al campo un día de estos aunque me echaré la navaja en la liga… nunca sabes de donde van a salir los lobos.
    Me ha gustado mucho tu relato Jorge.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Muchas gracias. Haces bien en llevar la navaja, hay mucho lobo con piel de cordero.

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