El hombre invisible

Soy invisible. No, esto no es un relato de ciencia ficción. Es real. Soy invisible, pero no siempre.

Me pasa cuando voy solo. Me cruzo con mis vecinos y miran para otro lado o me atraviesan con una mirada vacía. Al principio pensé que no me conocían, pero cuando voy con mi mujer y me cruzo con ellos, nos saludan amablemente.

Mi invisibilidad no es absoluta. No. Después de asumir mi condición incorpórea hice una prueba. Al volver a mi casa divisé a uno de los vecinos que me descubrió mi don y que podríamos calificar en la categoría de “simpáticos con mi mujer y ciegos conmigo”, que se dirigía hacia mí por un camino vallado que no le daba más que dos opciones: avanzar o retroceder. Noté que dudaba y por un momento pensé que me había visto, pero prosiguió su marcha. Yo continué como si nada, como si no me hubiese percatado de su presencia, disimulando, mirando el reloj, hacia el cielo, el suelo, mis zapatos y sonriendo estúpidamente. Cuando nos cruzamos le miré a los ojos y el mantuvo los suyos hacia el frente. Apenas me rebasó, le dije un “Adiós” enérgico. Él respondió con un “Eh, eh, adiós”. Durante varios días repetí la prueba con varios vecinos y el resultado siempre era el mismo, así que llegué a la conclusión de que soy invisible, pero me pueden oír.

Al principio no lo llevé muy bien, pero luego empecé a valorar las posibilidades. Era invisible. Podría hacer muchas cosas sin que me pillaran. Soy hombre, así que mi primera reacción era obvia. Esperé pacientemente a que apareciese la vecina más imponente del edificio, entré con ella en silencio en el ascensor y en cuanto se cerró la puerta le toqué un pecho. En ese trayecto descubrí tres cosas: era silicona, mi vecina había aprovechado sus clases de defensa personal y mi gracia de invisibilidad no hacia efecto con las mujeres. Lo primero fue agradable, lo segundo muy molesto para mi ingle y lo último un alivio, porque desde el instituto pensé que sí que lo era.

Este fallo de mi habilidad etérea con el género femenino fue un inconveniente, eliminaba las cincuenta primeras cosas que había pensado hacer aprovechando mi don, así que pensé en la cincuenta y una: robar un banco. No fue fácil. Primero tuve que localizar uno en el que todos los trabajadores fuesen hombres. Cuando lo encontré fui a primera hora para evitar a los clientes y que hubiera entre ellos alguna mujer. Entré en silencio y seguí la estela de uno de los empleados para poder entrar en la caja. Se volvió y se encaró conmigo. Me quedé sorprendido. ¿Cómo me había visto? Enseguida se me echó encima el guardia de seguridad y otro trabajador. Solo había una explicación: los gays también me ven y en mi mala suerte había elegido una sucursal con un cien por cien de personal homosexual.

Cuando me interrogó el inspector de la policía (un gay a todas luces, porque podía verme), le expliqué mi don. El pobre creo que todavía no había salido del armario, porque me mandó a un psiquiátrico. Allí hice otro descubrimiento: los psiquiátricos en realidad son alojamientos para invisibles. Sí, allí conocí a una mujer, Lilit, que decía que era la primera esposa de Adán y a un hombre con barba, que decía que era el tercero de Martes y Trece. Apuesto a que no les conocéis. ¡Claro, son invisibles como yo! Y apuesto a que la mitad de vosotros ya les estáis buscando en google. Lo veis, existen de verdad.

Pero por desgracia no eran los auténticos. Ni tampoco yo era invisible.

Un mes de tratamiento me devolvió a mi casa con dos nuevos descubrimientos: mi mujer está muy buena y yo caigo muy mal.

Pero no pierdo la esperanza de, algún día, conocer al tercero de Martes y trece, al de la barba.

Publicado en a:Ditoday

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16 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Miguel Cruz dice:

    Y no te lo he contado, pero… También estamos los que, al contrario, somos invisibles únicamente a los ojos de una dama.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Me suena, me suena.

      Saludos

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  2. L.Pereda dice:

    Me gusta Jorge, es ágil y divertido. Y no me creo nada de eso de que seas invisible, o tu personaje, al menos vuestra presencia virtual es evidente.

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    1. Jorge Moreno dice:

      No te fíes, no te fíes.

      Un abrazo.

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  3. AndresLuna dice:

    Casi todos somos invisibles, al menos para la persona que nos interesa.
    Creo que puedo nombrar esas cincuenta cosas que él hombre invisible quería hacer con las mujeres…

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    1. Jorge Moreno dice:

      Y apuesto a que no fallarías ni una. Gracias por dejar un comentario.

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  4. letrasconvoz dice:

    Jorge, me ha encantado! Me has dibujado incluso una sonrisa.
    Me recuerda un poco a un cuento de Pere Calders, titulado “Invasió subtil”. Te recomiendo que lo leas, si no lo has hecho ya.

    Un abrazo,
    Elia 😉

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    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias Elia. Me alegro de que te guste. Buscaré tu recomendación.

      Un abrazo,

      Jorge.

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  5. marga dice:

    Genial ,,me encanto

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  6. Sergio Cossa dice:

    Muy bien narrado, al igual que otros cuentos de tu blog.
    Recién caigo por acá (vengo desde Falsaria) pero tomo nota, para volver seguido.
    ¡Saludos, Jorge!

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    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias Sergio, me alegro de que te gusten.

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  7. MJ dice:

    Muy bueno y, además, divertido.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Muchas gracias, me alegro de que te haya divertido.

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  8. Me gustó. Creo sinceramente que, en esta sociedad, casi todos somos invisibles, salvo alguna que otra beldad que atrae la mirada de hombres y mujeres.
    Un abrazo.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Muchas gracias Mercedes, me alegro de que te haya gustado.

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