Ciento cuatro

Nervioso esperando a mi cita. No era la primera vez, ni que estaba nervioso ni que tenía una cita. Pero el momento final de espera antes de una cita siempre me ponía muy nervioso. Desde la primera con trece años hasta la que tuve el día anterior, a mis treinta y dos años. Una colección de citas que acumulaban una serie de coincidencias: nunca fueron con la misma chica (bueno hubo una que fue con un chico, un lamentable error del que prefiero no hablar), ninguna duró más de dos horas y todas terminaron en fracaso. Las citas ya ascendían a ciento dos o ciento tres, no podría decirlo con seguridad. La discrepancia surge en que en una de ellas, la chica me dio dos besos pero se largó antes de sentarse. Yo creo que técnicamente cuenta como cita, pero no sé si está regulado oficialmente en algún sitio. Después de tanta experiencia decidí hacer autocrítica. Por mucho que me costara creerlo, tantas mujeres no podían estar equivocadas y la culpa debía ser mía. Indagué e investigué, hasta que llegué a una conclusión que me aclaró la fuente de mis males: Soy estúpido. Sí, un estúpido integral. Un absoluto y perfecto majadero. Tampoco es que sea culpa mía, es un don. Todos tenemos uno y ese es el mío, la estupidez. Puestos a elegir hubiera preferido otro, ver a través de las paredes o algo así, pero cada uno tenemos el que nos toca. Mi descubrimiento no me desmoralizó, y decidí no cejar en mi intento de encontrar una mujer con la que formar una familia. El paso del tiempo y la acumulación de fracasos han cambiado mis expectativas: me vale con que solo sea para un revolcón con el que calmar la sed de treinta y dos años de sequía. Y así llegué hasta ese restaurante, esperando a mi intento ciento cuatro, cargado de ilusión por encontrar al fin una mujer que no se percatará de mi estupidez o le pareciera encantadora. A mi nueva víctima me la seleccionó el programa informático de una página de internet de contactos. Cien por cien de compatibilidad, estábamos hechos el uno para el otro. Yo me conformaba con que estuviera tan desesperada como yo. Una sensual voz de mujer interrumpió mis reflexiones:

– ¿Pío?

– ¡La virgen! -exclamé al verla- Tú no puedes ser Jésica, ¿verdad? -proseguí sin parar de mirar a esa mujer. ¡Qué digo mujer! Diosa hecha carne, con sus ojos verdes y pelo dorado, cara angelical con una pizca de diablesa. Omito el describir su cuerpo, en mi estado no es conveniente. Pero sí, tal cual estáis pensando. Era evidente que esa mujer no podía estar buscando pareja por internet.

– Pues espero serlo, porque llevo puesto su tanga -dijo concluyendo con una risa tímida.

Eso lo explicaba todo: era tonta. Debí sospechar al ver su pelo rubio. Qué le vamos a hacer, yo estúpido y ella tonta. Por mi no había problema. Di gracias por mi fortuna. Intercambiamos dos besos, le aparté la silla para que se sentara y empecé la conquista.

– Bueno Jésica, la verdad es que no esperaba que fueras así, en este tipo de citas hay gente muy rara. Te esperaba más… más…

– ¿Tonta?

– No por Dios, más tonta no -dije con sinceridad-, aunque tampoco es un problema. ¿Y a qué te dedicas?

Empezó a detallar sus estudios, que si dos carreras, no sé cuantos masters, doctorados y demás cosas que, francamente, ni sabía lo que significaban. Solo cabían dos explicaciones posibles, o mentía o no era rubia.

– Tú te tiñes, ¿verdad? -me lancé a preguntar.

– ¿Cómo? Pero que gracioso eres Pío. No, nada, nada. Todo natural, todito -puntualizó mientras me guiñaba un ojo.

Experimenté una sensación extraña. Nunca antes lo había sentido, aunque nunca antes me habían guiñado un ojo de esa manera. Debía ser amor.

– Perdóname por lo que te he dicho al principio, lo del tanga, es que estaba un poco nerviosa y me había tomado una copilla para serenarme.

Alcohólica. Esa era la tara. Sin problema, incluso podría venirme bien. No sé cómo no se me había ocurrido en mi centenar de citas anteriores. Seguimos hablando. Realmente era lista, daba gusto oírla hablar. Y graciosa. Muy graciosa. Además, o era muy educada o no le importaba lo más mínimo mi estupidez. Miré el reloj y salté:

– ¡Dos horas y cuarto! -acababa de superar el récord.

– ¿Ya? Se me ha pasado volando, eres encantador Pío.

Un momento, un momento, eso no podía ser verdad. Una mujer tan bella y tan inteligente no podría en la vida pronunciar esas palabras dirigidas a mí, ni bajo los efectos del alcohol. Además, solo había bebido agua durante la comida y los efectos de la copilla previa no podían durar tanto. Todo eso era muy raro. Pensé y pensé hasta que me di cuenta: ¡Claro, era una prostituta! Vamos a ver, no es que me pareciera mal, en mi situación toda opción podía considerarse razonable, pero en ese caso podía haberme ahorrado doscientos euros de comida para impresionarla. Aunque tenía que cerciorarme.

– Dime Jesi, te puedo llamar Jesi, verdad. ¿A ti te gustó Pretty Woman?

– ¡Me encantó! Es una de mis películas preferidas…

Puta, puta y reputa. Decidí acabar con el paripé. Que si muy lista y tal pero el resto de sus cualidades iban a hacer estallar mis treinta y dos años de abstinencia.

– ¿Y cuánto cobras?

Pareció sorprendida por mi sagacidad.

– Bueno, no pensaba decirte eso todavía, quizá después de varias citas, que nos conociéramos mejor…

¡Si hombre a doscientos euros la cita!

– Tres mil euros.

– ¿Tres mil euros?

– Bueno sí, más dietas. Me desplazo mucho.

– No, si la comida ya había asumido que la pagaría yo. Pero ¿tres mil euros? ¿No crees que es demasiado?

– Bueno, si me lo pagan es que lo valgo. No se encuentran fácilmente profesionales tan cualificadas como yo -me dijo ligeramente irritada.

Uf. Qué tentación. Pero tres mil euros… ¿De dónde iba a sacarlos? Tuve que resignarme.

– Lo siento, mucho, Jesica. Pero no tengo tanto dinero, alguna tarifilla más baratilla, algo que me pudieras hacer por cincuenta eurillos… Ojo, y la comida la pago yo.

– ¿Cómo? -preguntó indignada..

– Sí, mujer, en base a este buen rato que hemos pasado juntos, un precio de amigo, o por lo menos un toqueteo, eso sí, sin besos, que ya sé que no os gustan. Es que no tengo tanto dinero.

Accedió a mi petición pero no como yo esperaba. Su mano abierta con sus cinco dedos tocó con violencia mi cara hasta volverla del revés. Cuando recuperó su posición original, pude ver como se iba. ¡Lástima, había estado tan cerca esta vez! Reflexioné y me di cuenta que mi estupidez innata había vuelto a jugarme una mala pasada. Pero aprendería de la experiencia y lo pondría en práctica en mi siguiente candidata, la ciento cinco. Lo primero que la preguntaría sería si es prostituta. Pero para eso tendría que esperar tres horas más, en el mismo restaurante, para cenar con Carmen, noventa y ocho por ciento de compatibilidad.

Relato seleccionado en el II Certámen Imprimatur de Relato Breve
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