B237

B237 estaba sentado esperando su condena. Conocía cual iba a ser la sentencia: culpable. Lo era. Igual que las otras veces, pero sabía que ya no serían benévolos con él.

Intentó distraerse conectando su panel. Se puso sus gafas y accionó el encendido. Tenía casi todos los accesos restringidos, tan solo podía ver las lecciones del curso de ese año y el canal de noticias. Se quitó las gafas. Pocas veces las llevaba puestas y eso no era lo mejor para pasar desapercibido, pero le gustaba observar la realidad. Empezó a pensar, pero esta vez asegurándose de hacerlo en silencio.

En ese momento el director estaría hablando con sus padres al otro lado de la puerta, comunicándoles su delito. Seguramente también estaría algún miembro  del Comité Corrector, para asesorarles y asegurarse que el castigo impuesto fuese el adecuado. De no serlo, él se encargaría de adaptarlo.

No era la primera vez que estaba allí. Pero en esta ocasión no se libraría. Y todo por culpa de ese estúpido de A1, siempre tan listo, tan correcto y tan por encima de todos. Esa mañana estaban presentes todos los alumnos en la clase de Historia. Al menos el sistema educativo les permitía eso, verse y aunque el contacto era reprendido, podía ver a sus compañeros al natural, notar sus olores reales y saber que estaban ahí, que existían. El profesor les exponía como era la civilización anterior a nuestra era. B237 ya sabía cómo era. Siempre le había gustado aquella época. Le hubiera encantado vivirla, pero siempre intentaba pensarla en silencio, aunque a veces no podía evitarlo y se despistaba y proyectaba esos pensamientos a los demás. Le hubiera gustado controlarlos, pero a veces no podía.

-Doscientos años antes de nuestra era todo era muy diferente. Para empezar la gente hablaba.  Lo hacían constantemente, incluso para comunicarse -explicaba el profesor.

-Pero qué absurdos -interrumpió A1-. ¿A quién le puede interesar hablar pudiendo pensar? ¡Qué estupidez!

A mí me encanta hablar -pensó para si B237-. Bueno más bien cantar.

B lo hacía en la soledad de su cuarto. Cuando se aseguraba que todo estaba desconectado, movía la boca y con tono bajo intentaba imitar las secuencias que le había enseñado C245978 en el museo. Recordó como se había originado su primera visita al mismo sitio donde estaba en ese momento. Su clase había ido a una excursión al museo de Historia Natural. Sus compañeros pensaban que era absurdo desplazarse pudiendo ver todo aquello a través de sus gafas, pero a él le encantaba, no era lo mismo, aunque lo recrearan en hologramas. Ciertas cosas era mejor verlas al natural. Llegaron a la sala del siglo dos antes de la revolución martiniana. Allí había dos aparatos que le fascinaron. El cartel que los documentaban ponía “Guitarra y batería s.II a. R.M.”. Se descolgó de su grupo e hipnotizado traspasó el cordón que los separaba y tocó las cuerdas de la guitarra. Sus compañeros se taparon los oídos y el acabó en la antesala del despacho del director. No hubo castigo, tan solo aconsejaron a sus padres que vigilaran su conducta o tomarían medidas. Tuvo que soportar una larga charla de sus padres y un castigo nimio comparado con haber escuchado el sonido más maravilloso de su vida. Al día siguiente volvió solo al museo. Se le acercó un empleado que pareció reconocerle. B237 temió que le denunciase, sin embargo el trabajador le demostró su simpatía por lo que hizo el día anterior y C245978 le enseñó unas imágenes de la época de la guitarra y la batería. En ellas un hombre con pechos o una mujer con bigote, no sabía identificarlo muy bien, vestido con ropas extrañas, cantaba. Música. Muy diferente a la que les acompañaba habitualmente, no era música melódica e instrumental. No, era mucho más. Desde entonces B237, cuando se sabía solo, despegaba sus labios y tarareaba muy bajo “I want to break free…”, intentando imitar lo que había visto.

-Sí, A1, pero no fue hasta el año 50 hasta que el ser humano empezó a dominar el lenguaje mental no hablado.

Los estudiantes parecían perplejos.

– Volviendo al tema que nos ocupa  -continuó el profesor-, doscientos años antes del inicio de nuestra era, todo era aleatorio.

-¿Aleatorio? -interrogó A1.

-Sí, aleatorio, significa que nunca se sabía que iba a pasar, ni siquiera en las cosas básicas del funcionamiento de la vida y del planeta. Por ejemplo, no se sabía que tiempo atmosférico haría cada día. Hacían predicciones a diario sobre el tiempo de los días siguientes.

-¿Está diciendo que el tiempo no era el mismo cada año en la misma fecha?

-Exacto.

-O sea -continuó A1-, que en aquella época no sabían que mañana, doce de mayo de 528, por cierto, mi cumpleaños -dijo haciendo una pausa, mientras recorría los ojos de sus compañeros sonriendo- al igual que todos los doce de mayo, sería un día soleado, con una variación entre los 22 y 24 grados centígrados por el día, con un pequeño descenso al anochecer.

B237 pensó en todos sus cumpleaños, todos con unas lluvias torrenciales encerrado en su casa.

-Ni el día de tu cumpleaños ni ningún otro. El tiempo no se repetía exactamente cada año en el mismo día. Todo cambió con los descubrimientos de la física sobre el control del planeta, recogido en las leyes de Martin, que dieron inicio a nuestra era.

-¿Y qué significa Martin? -preguntó una chica.

-Es un nombre -respondió el profesor ante las caras de asombro de sus alumnos-. Sí un nombre. Antes de nuestra era se elegían muchos nombres raros para identificar a las personas, algunos incluso se los cambiaban. Hasta después del año uno no se adoptó el sistema actual. Se estableció la escala jerárquica de cada familia, por su importancia, dando el número ordinal que todos llevamos y se antecede una letra por orden alfabético, en función del orden de nacimiento dentro de cada familia. Los hijos heredan el número más bajo de sus progenitores y lo acompañan con una letra por orden de nacimiento.

Todos miraron con admiración a A1, sabiéndole descendiente directo del creador de nuestra era y descubridor de todo lo que podían disfrutar entonces. Todos menos B237, que le miró con desprecio.

-Pero no solo eso. Nadie sabía qué sería de adulto, ni con quién se casaría, ni cuántos hijos debía tener, ni cuando moriría. Nada, absolutamente nada estaba establecido y la vida de nuestros antepasados estaba sujeta al azar. Recordáis lo que significaba azar, ¿verdad?, lo expliqué la semana pasada.

Eso sería maravilloso -pensó para sí mismo B237.

Un mundo en el que no te hicieran una prueba genética al nacer para establecer qué enfermedades sufrirías, cuándo morirías y cuál sería tu profesión. B237 sería ingeniero martiniano, todo un honor para cualquiera, pero no para él. Odiaba su futuro y querría ser cualquier otra cosa, incluso soldado, al menos ellos partían y nunca volvían, por lo que deberían encontrar algo mucho mejor que aquello. Aunque lo que él deseaba de verdad era tocar aquella guitarra y cantar. Pero debería ser ingeniero. Así tenía que ser. Aunque tan solo fuese hasta aproximadamente los treinta y cinco años, cuando moriría. Al menos no sería como A1, al que las pruebas desvelaron su futuro sin ninguna duda: clase dirigente.

Esas malditas pruebas también determinaban cual era tu pareja más compatible genéticamente, siendo adjudicados el uno al otro, estableciendo cuántos hijos tendrían, con sus nombres predeterminados. A los padres de B237, les comunicaron la pareja de su hijo cuando este alcanzó los cuatro años. Una tal A115. Sin duda mejoraría la familia. B237 no la conocía, ella vivía en otro lugar y no podría verla hasta que cumplieran veinte años y les establecieran su residencia para vivir juntos. Seguramente sería una chica estupenda, pero él hubiera preferido que la prueba no existiera y poder estar con C17, una compañera de su clase, que le hacía encogerse por dentro cada vez que la miraba. Pero la prueba tenía otra pareja para ella: A1.

C17 fue la causa de su segunda visita al despacho del director. Durante una clase de visionado de historia moderna B237 se quitó las gafas, se acercó a C17 y le quitó las suyas. Ella no se alteró, le miró a los ojos  y se dejó besar por los labios de él. Las cámaras del aula le delataron y les condujo a ambos al despacho del director y él se auto inculpó de los hechos. Esa vez el castigo fue algo más severo. Quince días de programa correctivo viendo imágenes del sistema que había hecho grande al mundo.

-Un mundo maravilloso -dijo irónicamente A1-. Afortunadamente hubo un hombre que cambió todo eso y nos dio el sistema que disfrutamos ahora -continuó con orgullo-. ¿Quién querría vivir en un mundo así?

-A mi me gustaría -dijo B237 sin percibirse de que no pensaba para sí mismo, sino que compartía el pensamiento con todos.

Las mentes de la clase enmudecieron, todos se giraron a B237 y él acabó a la espera de su condena.

La puerta del director se abrió para invitarle a entrar. Allí  estaba un holograma de sus padres.

-Siéntate hijo -dijo su padre muy serio.

Hacía tiempo que no le veía ni en holograma. Había envejecido bastante y no pudo evitar añorar cuando él era mucho más pequeño y reía cuando le lanzaba por los aires y jugaban juntos. A su lado su madre no abrió la boca. Seguía tan hermosa como siempre aunque parecía que había llorado. A su derecha otro holograma se presentó como B51, responsable del Comité Corrector.

-Hijo -empezó su padre-, lo que has hecho es muy grave y no es la primera vez. Ya tienes doce años y no puedes seguir igual. Hemos intentado que cambiaras, reconducirte, pero nos vemos superados, estás siempre con tus cosas sin seguir con tu plan establecido. Y hemos decidido… -miró hacia el Corrector-… Hemos decidido que pases a un centro corrector.

Aquello le pareció horrible.

-Mañana por la mañana embarcarás en una nave hacia la colonia correctora de comportamiento en Titán -pensó el corrector fríamente.

Otro planeta, quizá no fuese tan malo. Algo nuevo. Sintió algo por dentro, como cuando oyó la guitarra. Era emoción por lo desconocido. Quizá estaría bien, al menos se salía de su plan establecido.

El 12 de mayo de 528, B237 se levantó a la misma hora de siempre e hizo lo mismo de cada día, las mismas rutinas, todavía sin poder creer que su vida iba a sufrir un cambio.

Abrió la puerta de su casa y vio que algo raro ocurría. La gente parecía no seguir su comportamiento habitual. La mayoría no llevaban puestas sus gafas. Algunos corrían, otros estaban sentados en el suelo sacudiendo la cabeza o sosteniéndola entre sus manos. Salió al exterior. Todo era extraño, era diferente, no era como debía ser. De repente oyó algo a lo que ninguno estaba acostumbrado. Buscó con la mirada la procedencia del sonido para descubrir que salía de la boca de A1, que miraba al cielo con la boca abierta y emitiendo un aterrador “Aaaaaaaahhh”.

En medio de aquella locura, una gota de agua cayó en la frente de B237.

Sonrió. Otras más empezaron a mojar su cuerpo. Echó a andar con un destino claro mientras tarareaba bien alto “I want to break free…”.

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. sag dice:

    ¡¡Genial, brillante!!. Te superas a tí mismo. Bss

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    1. Jorge Moreno dice:

      Muchísimas gracias Silvia.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Muchísimas gracias Loli

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