La carta

Me sorprendí al recibir una carta de Hacienda a mi nombre.

Mi primera reacción fue temblar. Acto seguido lo analicé y me di cuenta de que no tenía por qué. Mi conducta fiscal siempre había sido ejemplar. Nunca había defraudado ni un céntimo y lo digo literalmente, una vez que detecté un error  por esa cantidad a mi favor en el borrador de la declaración de la renta, lo rectifiqué, aunque para ello tuve que hacerla entera y pelearme con el programa padre. Siempre he exigido factura de todo lo que compraba y de los trabajos que me hacían. Incluso cuando un amigo me echaba una mano en algo, insistía para darle de alta en la seguridad social y no paraba hasta que aceptaba y de no hacerlo, no le dejaba que me ayudara. Como consecuencia de ello tengo múltiples conocimientos de actividades diversas y poca experiencia en el trabajo en equipo.

Abrí la carta con seguridad:

“… le comunicamos que se ha aprobado el pago de una deducción por maternidad a su nombre por importe de cien euros al mes…”

Debía haber algún error. Aparte del hecho de que no tengo hijos, había un impedimento mayor: soy un hombre.

Revisé el destinatario por si se trataba de un error del cartero. “Jesús Martínez del Campo”. Nombre correcto. DNI y dirección correctos.

Me encontraba ante un flagrante caso de error de la Administración.

La situación irregular no me permitía conciliar el sueño. Me levanté y me encaminé a la Delegación de Hacienda más cercana. Esperé pacientemente a que abrieran y me dirigí a la ventanilla correspondiente.

-Buenos días -dije al hombre apostado al otro lado.

-Sí, claro.

-Me han mandado esta carta y hay un error -dije entregando el documento.

Con apatía cogió el documento y empezó a examinarlo con lentitud.

-¿Y el error es?

Me quedé sorprendido. No estaba preparado para esa pregunta.

– Esto…, esto… Yo no tengo hijos -acerté a decir.

-¿Está usted seguro?

Probablemente la mayoría de los hombres puedan tener dudas al respecto. Yo, por desgracia, estaba seguro.

-Sí, segurísimo.

-No sé, si se lo han concedido será por algo, ¿no estará pensando en tener uno o adoptarlo? Si quiere yo tengo tres, le dejo uno y arreglado.

-¿Cómo? No, no, además hay otro pequeño detalle que no cuadra, ¿no cree?

-¿Otro? Y yo que esperaba un día tranquilo, seguro que no es nada importante.

-Es una prestación por maternidad.

-Correcto.

-Y yo soy un hombre.

-¿Está usted seguro?

Muchas veces habían cuestionado mi virilidad, pero nunca mi sexo. Me quedé en silencio. Él también. Recordé mi imagen en el espejo. Sí, era un hombre. Mi entrecejo salvaje y mi barba no dejaban muchas dudas. Como no modificaba su gesto interrogativo, me decidí a hablar.

-Segurísimo, al menos esta mañana lo era.

Miré mis brazos que confirmaban los antepasados de la especie humana y luego dirigí la vista al funcionario.

-Pero seguro que siempre ha querido ser una mujer, ¿verdad? Ya le he notado un deje nada más entrar.

Nunca, jamás, lo juro. Cierto que siempre he admirado a las mujeres y no me importaría parecerme a ellas en muchas cosas, pero la idea de la cera arrancando el vello de todo mi cuerpo eliminaba cualquier posibilidad de que quisiera ser una.

-No, estoy muy contento como hombre.

-Que va, que va. Lo mejor que puede hacer es irse ahora mismo al Registro Civil, y cambiarse el nombre. Usted se llama… -consultó la carta- …Jesús. Perfecto, Jesusa, un nombre precioso, muy femenino y muy sensual. Va a ser usted el pastelito de su barrio. A mí porque ya me pilla mayor que si no le invitaba a cenar. Ande, vaya, vaya, que enseguida se lo arreglan, que los del Registro Civil sí que viven bien, mano sobre mano, no como aquí -concluyó dirigiendo la mirada sobre mi hombro.

El prolongado diálogo había acumulado detrás de mí una numerosa cola de ciudadanos.

-Mire. Ni tengo hijos, ni quiero los suyos. Ni soy mujer, ni me gustaría serlo. No es que mi nombre me apasione, pero es el que me pusieron al nacer y no tengo intención de cambiarlo. Tan solo quiero que corrija el error.

Grité. Lo reconozco. Tan solo un poco.

-Lo ve, lo ve. Está irascible. Síndrome premenstrual. Está clarísimo. Todo arreglado. No había ningún error.

En ese momento grité algo más fuerte. Mucho más fuerte en realidad. Me avergüenzo, es cierto, me puse hecho un energúmeno.

-Vale, vale -dijo el funcionario y prosiguió en tono más bajo mientras cogía un impreso-. Hay gente que ni tiene educación ni la conoce. Uno que se desvive por el ciudadano, dándole servicio, involucrándose en su vida y en sus sentimiento, para esto, para ser tratado así. En fin. Firme aquí -dijo extendiéndome un papel.

-¿Sólo esto?

-Sí, ¿qué quiere? ¿Que salga toda la delegación a hacerle una reverencia y le invitemos a desayunar?

Me contuve. Firmé y me di media vuelta diciendo:

-Adiós, buenos días.

-Adiós, que pase un buen día… guapa.

Lo siguiente lo recuerdo en una nebulosa. Gritos, golpes, guardias de seguridad y policía. Sé que él terminó en el hospital y yo en comisaría. Me pusieron una multa por lesiones que pagué gustosamente. Era lo correcto, la merecía.

Al mes siguiente recibí un ingreso en mi cuenta corriente de cien euros en concepto de prestación por maternidad. No reclamé, toda esta historia me había hecho aprender la lección: los caminos de la Administración son inescrutables y por muy extraños que puedan parecer, cuando hacen algo, es por algo. La Administración siempre tiene la razón

Es por eso, señor registrador, por lo que a pesar de que coincido con usted que si como hombre no he tenido mucho éxito con el sexo opuesto, como mujer lo tendré aún menos, quiero cambiar mi nombre por Jesusa.

-Hay que fastidiarse con los de Hacienda, no dan un palo al agua y encima nos envían aquí a más gente.

 

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17 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Mari dice:

    Que bueno es Jorge, no se puede ser tan honrado, Hacienda siempre tiene razón. Besos

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  2. Adwoa dice:

    Jorge, que este ya lo habías publicado jaja 😉
    Se te echaba de menos.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias por acordarte de mi. Este estaba en El relato del mes, pero me faltaba en el blog.

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      1. Adwoa dice:

        Mis disculpas, entonces. Pensaba que lo había leído en tu blog 😳
        Un abrazo

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      2. Jorge Moreno dice:

        No son necesarias las disculpas, tampoco sería de extrañar que hubeiera metido la gamba.
        Un beso.

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  3. Marta fontan dice:

    Como siempre Jorge estupendo. Un abrazo. Marta

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  4. Muy bueno, Jorge!! Hacieda es de todos, dicen, yo debo debo ser un alma de la caridad, pues aún espero la devolución de este año; pienso que se la habrán repartido entre ellos, pues cada vez que llamo me dicen que está en proceso… y así año tra año! jajaja!!!

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    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias María, si te sirve de consuelo, estamos en el mismo saco.

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  5. Mari Carmen dice:

    Un rato de placer con tu relato. Gracias.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Muchas gracias, Mari Carmen. Me alegro de que te haya gustado.

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  6. salvador dice:

    jajajja que bueno y que pechá reír señora

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    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias Salvador. Me alegro de haberte hecho reir.
      Saludos.

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  7. chelopuente dice:

    Parece que es verdad que Hacienda somos todos, sólo que unos hombres y otros mujeres, pero vamos… si hay que cambiarse se cambia, jajaja. Me ha encantado, Jorge, sobre todo la férrea voluntad de Jesús por aclarar lo inaclarable.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Muchas gracias, Chelo. Me alegro de que te haya gustado.

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  8. manoli dice:

    Yo estoy por montar un Club de Fans de Jorge Moreno.
    O mejor, un día de estos te adopto. No tienes que ir al registro ni nada. Total, mis hijos también se apellidan Moreno… ji ji ji

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    1. Jorge Moreno dice:

      Adelante con lo del Club de Fans. Nunca viene mal. En cuanto a lo de la adopción… mi mamá no me deja.

      Un beso y gracias por los comentarios.

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