Los tres cerditos, toda la verdad

Una vez más vagaba por el bosque huyendo de mi pasado. Un pasado cargado de violencia, sangre y dolor, que, por más que intentaba dejar atrás, parecía que me perseguía y me alcanzaba una y otra vez.

Perdida la noción del tiempo y el espacio, encontré un letrero que me ubicó de nuevo en la Tierra: “Porquenhausen”. El nombre me era conocido y activó como un relámpago la conexión en mi cerebro. Porquenhausen. Aquella localidad era conocida por sus excelentes músicos y por infinidad de grupos y artistas musicales, como los Bavarian Porquenhausen, los Instrumental Gothic Pigs y muchos más y variados grupos, que hacían de esa pequeña ciudad un paraíso para los melómanos como yo. Quizá la fortuna, al fin, se había puesto de mi lado y me había regalado la oportunidad de rehacer mi vida en aquel hermoso y melodioso paraje.

Pero mi ensoñación se rompió por unos gritos que, por desgracia, me eran muy familiares: “El, lobo, que viene el lobo”. Mi leyenda me precedía y parecía que tampoco allí me daría un respiro. Intenté explicarles que confiaran en mi, que había cambiado, que era bueno y corrí detrás de ellos intentando que me escucharan, pero tan solo conseguí alimentar su terror.

El cielo acompañó mi estado de ánimo, se tornó gris y un enorme relámpago surcó el cielo y dio paso al más sonoro de los truenos que pareció romper cualquier esperanza por mi parte de alcanzar el éxtasis musical en Porquenhausen. La lluvia empezó a calarme y busqué. Las puertas se cerraban con violencia ante mi presencia. El primer estornudo no tardó en llegar. Y el segundo y el tercero. ¿Algo podía ir peor?

Deambulé cabizbajo por las calles de la ciudad, inundando la lluvia mi moral, rota la esperanza y sin ánimo en el corazón. Pero de repente, entre el sonido de la lluvia, una hermosa melodía llegó a mis oídos. Levanté la cabeza y abrí la boca intentando saborear su hermosura. ¿Una flauta? Sí, seguro, era una flauta. Ya no notaba la lluvia, ni el frío, tan solo existía esa música, tan hermosa, que guiaba mis pasos intentando encontrarla. Llegué a una casa de paja, de cuyo interior venía la melodía. Sin duda era allí. Olvidando mi condición y el rechazo que causaba, llamé a la puerta. La música cesó pero nadie respondió. Volví a llamar y cuando iba a hablar, me interrumpió el ruido estridente de mi móvil: “Y soplaré y soplaré y tu casa derribaré”. Mi maldito cuñado otra vez había hecho de las suyas cambiándome el tono de llamada. Tiene ciertas bromitas que no me hacen ni pizca de gracia. Me aparté a contestar en voz baja: “No, muchas gracias, no quiero cambiarme de compañía, buenas noches”. Volví hacia la casa con intención de explicarme, pero entonces el picor inundó mi hocico. Ya estaba, allí. No conseguiría detenerlo. Un brutal y sonoro estornudo salió de lo más profundo de mi ser, haciendo volar por los aires la casa de paja. Recuperándome vi correr un cerdito con una flauta en sus manos. ¡Era él!, el autor de aquella maravillosa música. Fui tras él intentando alcanzarle, pero corría como si huyera del mismísimo diablo. En la carrera no pude evitar fijarme en sus muslos, rechonchetes y deliciosos. Basta, basta. No, no. Yo ya no era así. El autocontrol me lo devolvió de nuevo otra melodía. Un violín, seguro. Era un violín. ¡Qué hermosura! Y su procedencia tenía que ser de aquella casa de madera a la que se dirigía el flautista. Mis pensamientos le habían dado aún más ventaja y se metió velozmente en la casa de madera.

Llegué a ella casi sin resuello. La edad no perdona. Mientras me recuperaba toqué en la puerta levemente, sin fuerza para articular palabra. De nuevo mi móvil me puso el corazón en un puño: “Y soplaré y soplaré…”. “Qué no, que no me cambio aunque me regaléis dos móviles”. La interrupción me dio el tiempo necesario para devolver mi corazón a su ser y la fuerza para hablar, pero de nuevo el cosquilleó inundó mi hocico. No podía ser. El nuevo estornudo dejó en ridículo al primero. Las tablas de madera que componían la casa volaron por los aires. Y un nuevo cerdito con un violín en sus manos acompañaba en la carrera al flautista.

Raudos y veloces esquivaron mi persecución, que se vio dificultada por la imagen en mi mente de sus cuerpecitos tostaditos y con una manzana en la boca. ¡No, no!, he cambiado, la música es lo importante. La música. Los dos cerditos entraron en una casa que alcancé a los pocos minutos. Esta era una casa impresionante: ladrillo visto, con su chimenea, sus ventanas de palillería inglesa y su puerta acorazada de roble. La obra de todo un artista. De nuevo sonó mi móvil: “Y soplaré y soplaré…”. Antes de que acabara ya lo había lanzado por los aires lejos de mi. Llamé a la puerta y mientras esperaba respuesta sufrí un tremendo golpe en la cabeza. Cuando desperté seguía en el mismo lugar. Noté un hilillo de sangre. Me asusté mucho, aunque parezca raro la noción de mi propia sangre me da pánico. Llamé y pedí que me abrieran, medio lloriqueando, aunque con mi resfriado y mi ataque de histeria dudo que me entendieran. Miré al cielo. Ya no llovía y vi la chimenea. Entraría por ella, hace años era un estupendo escalador. El que tuvo, retuvo y no me costó llegar hasta ella. Me introduje y empecé a descender. Cada vez notaba más calor. Hasta mi boca llegó un líquido cálido. ¡Mi sangre, qué horror! Resbalé y caí en una cazuela llena de agua hirviendo. Salté y empecé a aullar y correr en círculos, hasta que, fruto de la fatiga, me tendí en el suelo boca arriba. Abrí los ojos y vi tres cerditos acompañados de una cerda más mayor que me apuntaban con palos y cuchillos y gritaban. “¡Qué se haga vegetariano!”.

– ¡Sí, sí por favor! Quiero serlo, ayudadme por favor -dije entre lágrimas.

Mientras los tres pequeños me vigilaban desconfiados, su madre preparó una suculenta cena: berzas, repollos, zanahorias, nabos, apio. Toda la huerta en su hogar. Estaba hambriento y aquello podía suponer un cambio en mi vida.

Ya en la mesa, mis anfitriones se relajaron al oír mis palabras, que salieron acompañadas por una lágrima que recorrió mi mejilla:

– Gracias, nunca… nunca nadie había hecho algo así por mi. Os estaré eternamente agradecido.

Entonces les miré uno a uno, con pausa, con ternura y terminé mi recorrido en los manjares de la mesa.

¡Qué demonios, siempre me había gustado acompañar la carne con una buena menestra!

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8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Mari dice:

    Que bonito Jorge, cada relato que escribes, es estupendo, besitos

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  2. Irma dice:

    Fantástico Jorge, hacía tiempo que no leía alguno de sus relatos… Saludos!

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    1. Jorge Moreno dice:

      Muchísimas gracias, Irma.

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    1. Jorge Moreno dice:

      Me alegro mucho, Txaro. Hay tantos personajes incomprendidos en la historia de la literatura, que merecen una oportunidad para explicarse.

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    1. Jorge Moreno dice:

      ¡Muchísimas gracias! Me alegro de que te haya gustado.

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  3. Te felicito de todo corazón y pensamiento. Una narrativa excelente, magistral técnica literaria y abundante imaginación. Admirable !!!

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