En busca de la conciencia

     —No sé, quizá me he pasado, no debería haberlo hecho —le digo a Juan poniendo cara compungida—. ¡Tendría que haberlo hecho mucho antes! —continuo, cambiando radicalmente mi gesto y acompañándolo de una sonora carcajada.

     —Desde luego, Pepe, no tienes remedio, me lo haces a mí y te mato. No sé cómo sigo siendo tu amigo. Es más, no sé cómo te quedan amigos. ¡Que Luis es tu compañero de trabajo!

     —Venga, Juan, la culpa es vuestra, por tener unas mujeres tan macizas. Todos, menos tú. No, no, no digo que Marta no esté buena, sino que tú eres mi amigo de verdad y nunca te haría algo así.

     Este chico es de lo más tonto. Si su Martita hace tiempo que le regaló unos preciosos cuernos. Pero el pobre es un poco corto.

     —Más te vale, porque si no, te mato. Anda, termínate la copa y te llevo a casa.

     Quizá debería llamar a Marta, hace mucho que no quedo con ella. De esta noche no pasa, aprovecharé cuando Juan me deje en casa para asegurarme de que esté sola.

     Creo que he bebido demasiado. El bar se mueve a mi alrededor y esa camarera parece que se ríe de mí. No sé por qué, ya le avisé de que no era de comprometerme. ¡Uf menos mal!, ya se para, pero su imagen se desvanece.

     —Juan , Juan, me caigo —intento gritarle, pero apenas me escucho.

     ¿Por qué no me coge? Parece que sus labios quieren dejar escapar una pequeña sonrisa. Intento extender los brazos pero todo se apaga, creo que me estoy desmayando.

     ¡Ah no! Estoy consciente, ¡qué susto! Tengo que beber menos. Pero, ¿por qué no veo? ¿Me he quedado ciego? Ya empiezo a acostumbrarme a la oscuridad. ¿Dónde estoy? ¿Esto qué es? ¿Y ese olor? Enciendo el mechero y puedo ver algo mejor. ¡Qué asco! Menuda masa repugnante. ¿Cómo habré llegado a esta cueva? ¿Y esa peste? Marea solo de olerlo. Espero no desmayarme de nuevo. He debido de perder el conocimiento y me han traído aquí. No puedo pensar. Estoy empezando a ponerme nervioso. Y encima esa masa… Sí, sí, se está moviendo. Viene hacia mí.

     Salgo corriendo. Mis pies se hunden en el suelo viscoso y mis zancadas se ralentizan. La masa asquerosa está cada vez más cerca. Veo un agujero y no dudo, salto por él. Siento mi cuerpo caer hasta que un golpe me frena.

     Enciendo de nuevo el mechero. Veo unas cúpulas y un extraño tubo. Lo tengo claro. No sé la razón, pero ahora puedo pensar mucho mejor. Todo está claro. Incluso me sale la tabla del siete sin tener que contar con los dedos. Nunca había tenido tanta facilidad para pensar, es como estar dentro de tu propio cerebro.

     Pero no, no es mi cerebro. Estoy dentro de mi propio cuerpo, el sitio de la masa asquerosa era mi estómago. Dudo. Creo que estoy en un sueño, pero no sé si es temporal o si es el sueño eterno. O quizá esté en el purgatorio. Aquí lo veo claro, aquel olor del estómago era cianuro. Nunca lo he olido, pero aquí todo es tan nítido, se piensa tan bien.

     Me han asesinado. O al menos lo han intentado. No estoy seguro. No sé si esta es mi condena o quizá todavía no esté muerto. Pero tengo que descubrirlo. Quizá debería salir de aquí, moverme y buscar respuestas. Pero, ¡se está tan a gusto aquí! Pero no hay otra opción, sé que en otro lugar no podré pensar con tanta claridad pero me decido, busco un orificio y abandono, con pena, mis genitales.

     Me he introducido en lo que creo que es un vaso sanguíneo, por lo viscoso y lo rojo. Hay zonas que se estrechan y apenas puedo pasar. Estoy hecho un asco. Prometo que si salgo de esta, me pondré a dieta y mejoraré mi alimentación.

     Al fin desemboco en un sitio diferente. Ahora pienso peor, pero ese olor es inconfundible: Alcohol. Deshecho mi idea de encender el mechero, esto podría volar por los aires. Cuando llevo un rato, mi vista se acostumbra y distingo otros olores aparte del etílico, que me recuerdan a las comidas de mi niñez. Sin lugar a dudas, estoy en mi hígado. Miro hacia arriba y veo unas zonas negras espeluznantes. Instantáneamente prometo que si salgo de esta, dejaré la bebida. Aquí tampoco tengo respuestas. Debería ir más arriba, a la boca, o a los ojos, para echar un vistazo al exterior, si es que hay exterior.

     Me introduzco de nuevo en el torrente sanguíneo y me dejo llevar, hasta que llego al corazón y sin darme cuenta salgo impulsado violentamente. Echo un ojo hacia afuera y veo dos grandes masas ennegrecidas. Prometo que si salgo de esta dejaré de fumar, pero los pulmones no me interesan en este momento, así que nado contracorriente y vuelvo a introducirme en el corazón esperando mayor fortuna en el lanzamiento.

     Y la tengo. Tras un tiempo indeterminado a la deriva, la claridad me invade y veo las montañas nacaradas que deben ser mis dientes. Las repaso y veo que no son tan nacaradas y prometo ir al dentista si salgo de todo esto. Pero siento frío y un viento huracanado. Miro hacia la boca y veo un tubo que lanza aire hacia el interior.

     Aunque hace tiempo que no pienso con nitidez, deduzco que mi cuerpo, en el que no sé cómo me he introducido, está en un hospital, que todavía sigo con vida y que todo esto debe de ser por algo, alguien me está dando una oportunidad de vivir. Pero tengo que descubrir cómo.

     El oxígeno que entra por el tubo termina lanzándome al vacío hasta que encuentro otra vena donde introducirme.

     Temeroso, vuelvo a salir. Aquí parece que puedo pensar de nuevo algo mejor, pero no puedo haber llegado tan rápido hasta mis genitales. Además, no se parecen en nada. Esto parece un bosque, extraño, con tallos de los que cuelgan trozos de cuerpos, brazos, piernas, orejas. Oigo murmullos y conversaciones. He debido de llegar a la parte del cerebro que sueña. Pero tanto ruido es insoportable. Me tapo los oídos y corro, pero tropiezo una y otra vez con esos restos de cuerpos. Las voces siguen. Sentado en el suelo me desplazo de espaldas, con las manos apretando con fuerza las orejas, hasta que una pared me detiene. Me giro y lo observo. Es mi cerebro. Siempre pensé que sería algo más grande.

     Allí, tan cerca de él, parece que recupero algo de lucidez, no es como cuando estaba en los testículos, pero no me puedo quejar.

    Si todo esto tiene un porqué y una explicación, tiene que ser en aquel lugar. Me armo de valor y empiezo a caminar entre esos despojos, fijándome en cada uno. Los restos de cuerpo no me son desconocidos. Veo las piernas de Marisa, mi secretaria, ¿cómo no reconocerlas? Me acerco y escucho. Distingo su voz, quejándose de que no le he vuelto a hacer caso desde que me acosté con ella y que la trato con desprecio. ¿Qué quiere, que le regale rosas?

Ilustración de Jordi Ponce http://www.jordipope.blogspot.com.es/

     Sigo avanzando y distingo la inconfundible nariz de Paco, ese tío tan gracioso de la sexta planta que hace tanto que no veo, con su peculiar verruga. Le escucho y me enteró que se pegó un tiro hace tiempo, cuando se arruinó con unas acciones y descubrió que su mujer se la había pegado. Vale, el consejo se lo di yo, pero solo para disimular una vez que me encontró en su casa y le dije que había ido para darle un soplo seguro. ¡Nunca pensé que fuese tan tonto!

     Sigo caminando y veo partes del cuerpo de amigos, conocidos y desconocidos a los que escucho y a los que, al parecer, de una manera u otra les he arruinado la vida. Me siento un poco mal.

     A lo lejos veo algo diferente. Un destello me hace descubrir un óvalo. Me acerco despacio. Cuando estoy a unos cuantos metros lo veo perfectamente. Es un espejo.

     Quizá sea el final de todo. Me acerco con miedo y miro. Doy un salto hacia atrás y caigo de culo. No puede ser. Me levanto y vuelvo a mirar despacio. La imagen refleja a un hombre, pero no puedo ser yo. Ese hombre es feo y repugnante, es calvo, arrugado, repulsivo, lleva por ropa un traje elástico negro, como si fuese un mimo. Yo no soy así, soy guapo, encantador, y tengo estilo, jamás me pondría esa ropa. Aparto la mirada del espejo y la dirijo a mis brazos. Allí está esa tela elástica negra. La toco para confirmarlo y me llevo las manos a la cabeza. Miro al espejo y grito. Me quiero morir, aunque quizá ya esté muerto.

     El pánico me invade, las voces aumentan su volumen. Prometo que si salgo de esta, cambiaré, seré una buena persona. Prometo que no volveré a acostarme con ninguna mujer. Prometo, incluso, que echaré monedas a los mimos del parque.

     Vueltas, otra vez. Todo da vueltas. Todo se desvanece.

     Abro los ojos y la luz me ciega. Oigo unos pitidos y noto la boca seca. Aparece una enfermera. Una chica muy atractiva, con unas caderas preciosas que me muestra oscilantes al salir. Instantes después vuelve a entrar acompañada de un médico.

     Me quitan el tubo de la boca y me miran los ojos. Me hablan y me preguntan si les oigo. Digo que sí, pero apenas escucho mi voz.

     Me dejan solo. Cada vez estoy más consciente. Creo que lo he conseguido, he superado la prueba. Estoy vivo. Me asquea el olor a hospital, pero pronto podré salir y empezar una nueva vida.

     Más tarde vuelve el médico y soy capaz de contestar sus preguntas. Cuando termina el interrogatorio, apoya el trasero en la cama.

     —Amigo, has tenido mucha suerte, es raro que alguien pueda sobrevivir a una dosis tan elevada de cianuro. Tiene  usted enemigos que le quieren ver bien muerto.

     —No se me ocurre nadie, soy una persona muy querida.

     El doctor echa una ojeada por la habitación vacía y continúa.

     —Ya. Bueno, eso se lo dejaremos a la policía.

     Y se va dejándome a solas con la enfermera. Me mira con una mirada tierna y separa ligeramente sus sensuales labios.

     —José, eres muy fuerte. Hay que ser positivo. Yo soy de la opinión de que las cosas pasan por algo y estoy segura de que si tú has pasado por esto es por algún motivo.

     —Desde luego que sí. He aprendido la lección.

     Le respondo mientras se gira y sale de la habitación y pienso para mí: si alguna vez piensas que has muerto, no prometas cosas que sabes que no vas cumplir.

Relato para la 10ª Convocatoria de surcandoediciona

Anuncios

9 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Carmen dice:

    ¡Genial! Me ha encantado. Mucha suerte en ese concurso 🙂

    Me gusta

    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias, Carmen. Me alegro de que te haya gustado. Lo de surcandoediciona, realmente no es un concurso. Es más parecido a un reto para escribir un relato sobre un tema y luego te lo ilustra un ilustrador. En este caso el tema fue “Laberintos” y le tocó primero el turno al ilustrador y yo me inspiré en su dibujo para escribir el relato. Un beso.

      Me gusta

  2. Manoli dice:

    Qué bueno, Jorge, me encantó

    Me gusta

    1. Jorge Moreno dice:

      Muchas gracias, Manoli.

      Me gusta

  3. Carmen dice:

    Jorge
    Me lo he pensado y a ese tio mejor sería estar muerto, buen trabajo literario con un estilo impecable.
    Saludos,
    Carmen

    Me gusta

    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias por tu comentario, Carmen. Me alegro de que te haya gustado.

      Saludos

      Me gusta

  4. santo alcibiades dice:

    Muy bueno, me has dejado pensando… (con respecto a mis supuestas originalidades e imaginación como cuentista) Saludos

    Me gusta

    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias Santo. Tu originalidad y capacidad creativa están fuera de toda duda. Son admirables y envidiables.
      Un abrazo.

      Me gusta

  5. Tu nutrida imaginación es admirable, Jorge. Me gusta.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s