Borrachera

    La vida es corta. Eres joven. No te preocupes. Disfruta el momento.

    Lo había oído tantas veces, que al final me lo creí y me lie la manta a la cabeza, a lo loco y sin cinturón de seguridad. Y mira cómo estoy ahora.

    La semana pasada ya estaba harta de fines de semana aburridos y de mi eterna espera del príncipe azul, que más que no aparecer parecía que se escondía y asumí que las mujeres también tenemos nuestras necesidades que no necesitan del hombre perfecto para ser satisfechas, así que cerré los ojos e hice caso a mis amigas y me lancé. Acepté una cita para el viernes por la noche, con un compañero de trabajo de la prima del novio de la peluquera de una amiga de mi amiga Marta. Alguien de toda confianza vamos, pero si te lanzas tampoco puedes hacerlo con remilgos. Mi única esperanza era que, al menos, no le cantase el alerón. Lo bueno de solo tener una esperanza es que solo te puedes llevar una decepción.

    La noche anterior dormí mal, quizá por los nervios o quizá por los gritos nacidos del desenfreno de la pareja que cada jueves recordaba contra la pared donde se apoya el cabecero de mi cama que los muros de las casas ya no son lo que eran y que la envidia te puede llevar a sentimientos bochornosos. Y no lo digo por la vez que llamé a la policía diciendo que pensaba que estaban matando a mi vecina –que de hecho ella dijo varias veces “me matas, me matas…”-, no, no es por eso, porque no me arrepiento de haber llamado, sino porque más de una vez y más de dos he aprovechado que nuestras cuerdas de tender la ropa son compartidas para deslizar pimienta en su ropa interior –si a dos hilos entrelazados se les puede llamar ropa interior- y eso no está bien, porque hay ciertos límites que una mujer no debe pasar, por muy desesperada y necesitada que esté.

    La cosa es que, cualquiera que fuese el motivo, apenas había dormido. Cuando llegué al sitio de la cita, una cafetería “elegantísima”, estaba muerta de sueño. Eché una ojeada a los clientes y ellos me la echaron a mí. Las suyas llenas de babas y la mía llena de asco. Me alivió el que ninguno de ellos llevara El principito, en sus manos. Sí, lo sé, un código absurdo, era más fácil darnos el móvil y mandarle un mensajito al llegar, pero la propuesta de que le reconociese por que llevase un libro me hizo crear unas esperanzas de romanticismo e intelectualidad que me emocionaron. Vale que la esperanza habría sido mayor si hubiera elegido un libro que normalmente se lee a una edad en la que ya tienes vello púbico, pero, qué queréis, soy una romanticona ingenua que enseguida se ilusiona.

    A pesar de mi demora obligada de quince minutos sobre la hora a la que habíamos quedado, allí no estaba ni mi cita ni el principito. Busqué una mesa en una esquina y me senté, asegurándome antes de limpiar la grasa de la silla. El no ponerme en primera fila dificultaría que me viera al llegar, pero prefería estar atenta a sentirme acosada por todos aquellos paletos salidos.

    Me derrumbé un poco, lo reconozco, ante la perspectiva de cómo sería el elemento que proponía ese antro para una cita a ciegas con una mujer. Con lo monísima que me había puesto. Escotazo para lucir push-up, falda ceñida y taconazos de esguince. Me había esforzado, e incluso estuve a punto de coger del tendedero el tanga de mi vecina, aunque mi falta de memoria para situar cronológicamente el tiempo que llevaba tendido y la última vez que condimenté su ropa, me hizo desistir.

Borrachera
Fotografía de Jorge Moreno

    Frente a mí un hombre no paraba de mirarme con descaro. Feo, desgarbado, realmente asqueroso. Pensé que quizá fuese mi cita y olvidara el detalle del libro. Así que le miré. El que una mujer como yo le prestara atención le animó a acercarse.

    ―¿Eres Pedro?

    ―Soy lo que tú quieras que sea.

    Casi vomito. Le despaché y miré el reloj. Media hora de retraso. Me pedí un café. Y luego otro y otro. A las dos horas de espera, el retraso del principito y la insistencia del casanova en mirarme y pasar su dedo por los labios me convenció para abandonar. Al levantarme sonó mi teléfono. Era él. Lo cogí indignada, dispuesta a cantarle las cuarenta. Pero tenía una voz preciosa.

    ―Lo siento, siento mi demora. Pero tengo una excusa, si puede valer alguna excusa para dejar sola a una flor…

    Empalagoso, es cierto, pero a las mujeres también nos gusta de vez en cuando que nos digan esas cosas, sobre todo si lo dicen con intención de llevarnos a la cama y si es con esa voz, mucho más.

    ―…Cuando iba a tu encuentro me vi involucrado en un accidente múltiple en la autovía. No sé cuántos coches ardían, pero aquello parecía un infierno. Fuego, gritos, sangre. No lo pensé y empecé a romper cristales para sacar a las personas atrapadas. Por suerte, ya todo ha terminado, pero la policía quiere hablar conmigo. Les he explicado que me espera un ángel, pero dicen que mi declaración es necesaria e imprescindible, pero que ellos mismos me llevarán junto a ti. Es tarde y no quiero hacerte esperar más tiempo. Quedemos otro día. Tan solo espero que hayas disfrutado del lugar que había elegido. Poca gente lo sabe, pero entre esas paredes Hemingway prometió amor eterno a una joven del lugar llamada Rosita que se suicidó cuando él se marchó sin ella.

    Escuché con la boca abierta, perpleja, sin poder articular palabra. Cuando pude hacerlo le mandé a la mierda. Voz preciosa, pero malísimo inventando excusas.

    Mi móvil recibió un mensaje de Marta, la amiga de la amiga de la peluquera que es novia del primo de la compañera de trabajo de ese imbécil de Pedro que me había dejado plantada a mí y a mis expectativas. “Qué suerte tía. Una lástima lo de hoy. Pero en la próxima cita… Estoy viéndole en la tele, está buenísimo.”.

    Por instinto elevé la vista al televisor del bar. Había coches ardiendo. Me acerqué a la barra y el plano cambió a un hombre. Guapo, guapísimo. Los tiznajos del humo le hacían más interesante y más salvaje. Tenía la camisa desgarrada. Estaba, macizo de verdad. Por debajo apareció un letrero “Pedro Gutiérrez. Héroe”. Grité al camarero exigiéndole que subiera el volumen. Esa voz. No, por favor. No podía ser. Cogí al camarero del cuello de la camisa y gimoteé:

    ―Hemingway… Rosita… ¿Aquí…?

    El camarero asintió. Me derrumbé. Mi cabeza golpeo una y otra vez la barra hasta que una mano en mi hombro me detuvo. Era mi admirador baboso. Me limpié la grasa del hombro y acepté su invitación. Necesitaba hablar con alguien, o al menos escuchar a una persona que me pudiera resultar más patético y desgraciado que yo y aquel tío cumplía mis expectativas.

    Era asqueroso y estaba borracho. Yo ya no sabía cuántos cafés llevaba, pero a cada uno que tomaba no podía parar de beber otro más y mover mis piernas, mis manos sin control y ese tipo me parecía menos patético y despreciable. A las seis de la mañana él no podía articular palabra y yo no podía parar de hablar. Necesitaba marcha, saltar, gritar, pero sobre todo necesitaba sexo, mucho sexo. Ya no me parecía patético y despreciable. Tan solo necesitaba que tuviera una cosa y todo apuntaba a que así sería. Le ayudé a salir y dejé bien claro que le buscaría un taxi, pero le llevé a mi casa. Nadie se enteraría.

    Le tumbé en mi cama y le desnudé. Efectivamente me serviría para mis propósitos. Nada del otro mundo pero no era momento de ponerme quisquillosa. Vale que quizá no estuviera bien lo que iba a hacer, él estaba borracho, me estaba aprovechando de la situación y él no era dueño de sus actos, pero yo tampoco lo era. Me tomé una última taza de café y salté sobre él. Nada. Utilicé todas las tácticas que conocía para obtener una respuesta vigorosa por su parte. Pero nada. Lo intenté con todo aquello que había oído y todo lo que me habían insinuado y sí, se puede hacer y sí, es asqueroso. Le sugerí soluciones alternativas que me fueran suficientes pero no parecía entenderme, hasta que cayó dormido.

    Ahora él ya se ha despertado. Me mira con una sonrisa bobalicona. Por desgracia, su borrachera no le dejará saber todo lo que no ocurrió y la mía no me dejará olvidar cada detalle de todo lo que pasó.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Fabio Soto Caján dice:

    La trama de la historia es interesante, Jorge. Es interesante y sugestiva, pues el personaje central, se confiesa rápidamente, que su intención en el encuentro es una sesión de sexo impresionante. Pena que la expectativa suya se ve frustrada por el incidente ocurrido con su imaginario pretendiente. El trueque de personajes masculinos aumenta la expectativa y cuando uno llega al final, parece que nos quedamos un tanto frustrados, cuando ella declara, finalmente: “Por desgracia, su borrachera no le dejará saber todo lo que no ocurrió y la mía no me dejará olvidar cada detalle de todo lo que pasó.” Allí comienza a funcionar nuestra imaginación, verdad, Jorge?

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    1. Jorge Moreno dice:

      Gracias por tu comentario, Fabio.
      La idea era jugar con el chascarrillo popular de que después de una borrachera amanecer con alguien en la cama sin saber qué habías hecho o no. Ese sería el caso del personaje masculino, que raramente se habría visto amaneciendo con una mujer así en la cama y ante su ausencia de memoria optaría por pensar que pasó de todo pero no lo recuerda (“su borrachera no le dejará saber todo lo que no ocurrió”), por otro lado, el personaje femenino ha sufrido otro tipo de borrachera, la provocada por el café, que le hace estar hiperactiva y sobre excitada, un tipo de borrachera que no le hará olvidar y recordará perfectamente todos sus intentos sexuales por satisfacerse con aquel hombre que le resulta patético (” la mía no me dejará olvidar cada detalle de todo lo que pasó”)
      Un abrazo y espero seguir contando con tus comentarios.

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  2. Me parece brillante como relatas la expresión de nuestros “bajos instintos”. Un relato magistral y y bien perfilado. Me gusta tu estilo, Jorge, te felicito.

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